Rubem Fonseca, pasado y presente negros
Hay dos aspectos que, a la luz de su lectura, de inmediato llaman la atención de la obra de Rubem Fonseca 19252020, el gran escritor brasileño que falleció el miércoles. El primero, la crudeza de su estilo, agudizado por la referencia veloz, las oraciones carentes de ...
Hay dos aspectos que, a la luz de su lectura, de inmediato llaman la atención de la obra de Rubem Fonseca (1925-2020), el gran escritor brasileño que falleció el miércoles. El primero, la crudeza de su estilo, agudizado por la referencia veloz, las oraciones carentes de adornos verbales, como si se tratara de un reto para la imaginación, una eficaz constante sobre todo en sus cuentos. En el espacio corto, Fonseca hacía mucho con poco.
El segundo, acaso paradójico, es que solía incrustar licencias culturales en la hechura de su material narrativo. Fonseca poseía amplios recursos: la epístola, el teatro, el diario, la biografía, el comentario filosófico o científico, el apunte de denodado melómano, el guion de cine o TV, todo esto, en la mayoría de sus narraciones, con estructura del relato policial.
Desde mediados de la década de los 70 del siglo pasado, Fonseca empezó a destacar en la literatura latinoamericana por relatar la violencia urbana, en ese entonces una novedad literaria, la corrupción en pequeñas y grandes escalas, el asesinato como una manera de ganarse la vida o como un recurso para burlarse de aquellos que tienen mejor vida, pero también como un “accidente” en una rutina gris dentro de una sociedad harta de sí misma.
Rubem Fonseca quitó el velo a las grandes problemáticas de las ciudades con sus millones de habitantes, describiéndolas tal como son, tanto en lo público como en lo privado, con sus secretas perversiones y sus ajustes sangrientos. En Fonseca la realidad no supera a la ficción. La ficción es una extensión de la realidad.
En ese sentido destaca El cobrador (1979), célebre cuento que asimismo da título a una sólida colección de relatos y que se alza como una fantasía redentora, protagonizado por un matón, justiciero de los olvidados, de todos aquellos miserables que no pueden defenderse, y venganza personal de Fonseca, pues su título anterior, Feliz año nuevo (1975), fue retirado de las librerías por la dictadura militar brasileña por tratarse de un volumen cuyos temas centrales son la violencia y la pornografía.
Aunque pasaron varios años para que retirara ese libro de la censura, la respuesta inmediata del escritor fue publicar relatos más agresivos, más desconcertantes, si cabe el término, pero propios de lo que el poder político suele despreciar e ignorar.
Fonseca fue el cronista puntual de la realidad negra, la pasada y la actual, latinoamericana. Se diría que el escritor se la cobró a sus censores, con réditos para el resto de su carrera en las letras, que inició a los 38 años, cuando abandonó su empleo como abogado.
En los ministerios públicos fue testigo de lo que, en buena medida, retrata en sus libros con un realismo contundente y feroz, pero también con dosis de picaresca y referencias populares como se puede apreciar detenidamente en sus novelas.
Pasado negro (1986) la protagonizan un escritor, Gustavo Flavio (en referencia al francés Gustave Flaubert), y un detective, Mandrake (en honor al mago de las tiras cómicas). Grandes emociones y pensamientos imperfectos (1988) es una intrigante ida y vuelta por el Checkpoint Charlie de Berlín. Agosto está tejida en el contexto del suicidio del presidente Getúlio Vargas, en ese mes de 1954, obra adaptada a una espléndida serie que Canal 22 trasmitió en 1994. El salvaje de la ópera es una investigación sobre la figura de Antônio Carlos Gomes (1836-1896), el genial compositor brasileño que en la segunda mitad del siglo XIX triunfara en Italia, codo a codo con Verdi, con su ópera El guaraní (1870). Pero están también sus noveletas como Diario de un libertino (2003), Mandrake, la Biblia y el bastón (2005) o El seminarista (2010), aventuras imparables que se leen de una sentada.
El misterio en torno a su persona siempre lo rodeó. Rubem Fonseca se escabullía de periodistas y fotógrafos. Aunque a raíz de su muerte circulan imágenes suyas en redes sociales, hubo un tiempo en que no conocíamos el rostro de este héroe literario. Una excepción fue cuando visitó Guadalajara, en 2003, para recibir el Premio FIL. A pesar de ello, defendió permanentemente la idea de que todo lo que uno quiere saber de un escritor está en sus libros, axioma con el que es posible entender por qué varios de sus personajes más entrañables son precisamente escritores. De ahí que Fonseca se haya ido de este mundo sin dar una sola entrevista, aunque al menos otorgó una en Alemania. Rubem Fonseca estaba en Berlín cuando cayó el célebre muro y un periodista brasileño lo escuchó hablar en portugués con su traductora germana, así que se acercó a él sin saber de quién se trataba. De incógnito, en noviembre de 1989, Rubem Fonseca dio la que quizás sea su única entrevista.
