Romeo y Julieta, anacronismo deliberado

Así como BIC o Shakespeare son dos clásicos, la IA se convierte en uno más a la velocidad de la luz. ¿Qué sigue?

                But I forbid thee one most heinous crime,

                O, carve not with thy hours my love’s fair brow

                No draw no lines there with thine antique pen.

                Shakespeare, Sonnet 19.

El escritor francés Pierre Menard no existió, pero Borges, en una ficha de ficción comparada, lo hizo famoso por ser el supuesto autor de El Quijote. El galo, interpreta de inmediato el lector (de acuerdo con lo que plantea el argentino a lo largo de un relato de unas 10 o 12 páginas, dependiendo cada edición), se propuso una empresa tan absurda como imposible.

Miguel de Cervantes, aseguran los especialistas en su obra, escribió la magna obra literaria del castellano en la cárcel, hecho que José de la Colina llamó, para casi cualquier proceso de escritura, “libertades imaginarias”. Estar preso no impide, en el papel, carecer de inventiva y, eventualmente, dar cuenta de cosas que no sucedieron.

Sin embargo, Menard fue más allá: se propuso ser otro narrador de otra época y escribir, como homenaje y sucesión, el título más célebre de todos los disponibles en español. Acaso la mayor de las tautologías disponibles en la bibliohemerografía universal. Establece Borges: “Ser en el siglo XX un novelista popular del siglo XVII le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo —por consiguiente, menos interesante— que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard”.

Borges le admiraba a Macedonio Fernández hasta el plagio, frase jocosa que alguna vez le escuché a Ricardo Piglia. Menard no copió y presentó como propio El Quijote. Logró el “suyo”: “Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente”. El lector es un ente activo del material que tiene frente a sus ojos. Si tiene ambiciones por escribir, el plagio es una tentación latente y patente. En ese sentido, quizás fuera de Italia nadie procure al creador original de Romeo y Julieta, Luigi da Porto. Pero si Shakespeare incurrió en plagio, al mismo tiempo cometió asesinato. Todo mundo recuerda la tragedia de los jóvenes enamorados de Verona, cuyas familias se odian a muerte, por el drama del bardo inglés.

Los genios dejan su estela para los simples mortales, como las mentes pensantes de las empresas de marketing. Pongamos sobre la mesa las plumas BIC, esos cilindros de plástico transparentes que estrenamos una vez avanzada la primaria y nos fueron esenciales en toda nuestra educación media superior. De hecho, no hay oficina que pueda darse el lujo de prescindir de esos bolígrafos. En nuestra vida cotidiana parecen omnipresentes.

Para festejar los 75 años de la llamada BIC Cristal, la sede brasileña de la compañía lanzó una campaña que involucra a “dos clásicos”. Con ayuda de inteligencia artificial y un brazo robótico, éste “reescribió” (como Menard El Quijote) Romeo y Julieta, pero con la caligrafía de Shakespeare, en un ejercicio de apropiación. El video promocional se puede ver aquí: https://www.instagram.com/reel/DGEDgGBhgOP/?igsh=MWxjdmoycDU0dW1neQ%3D%3D. Esas páginas escritas hoy, falso palimpsesto incruento, fueron donadas al Real Gabinete Portugués de Lectura, una bellísima biblioteca de unos 350 mil volúmenes fundada en 1837 en Río de Janeiro.

Así como BIC o Shakespeare son dos clásicos, la IA se convierte en uno más a la velocidad de la luz. ¿Qué sigue? ¿Que la marca de óleos Winsor & Newton comisione una Mona Lisa? ¿Que un grupo de arquitectos se proponga alzar la Torre de Babel? El final es el principio. Todo proyecto inicia con la imaginación, la ayuda de un lápiz o una pluma y una hoja de papel (incluso una servilleta sirve). Así de fácil y así de complejo.

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