El escándalo de los Cachirules supuso un cisma y el capítulo más oscuro en la historia del futbol mexicano. El descubrimiento de que la Federación Mexicana de Futbol alteró deliberadamente las actas de nacimiento de varios jugadores juveniles provocó un escándalo. El precio por esa trampa fue muy alto. México fue excluido de competir por un lugar en el Mundial de Italia 1990.
Fue un duro golpe a una generación dorada. Para dejarlo en corto, Hugo Sánchez estaba en el pico de su carrera. El asunto dividió profundamente a la prensa nacional. Por un lado, Toño Moreno y José Ramón Fernández (de la entonces Imevisión) expusieron la anomalía. Miguel Ángel Ramírez, de La Jornada, obtuvo actas de nacimiento. Se abrió la caja de Pandora. Por el otro, los directivos de la Femexfut catalogaron a esos periodistas como “malos mexicanos” y “traidores a la patria”. José Ramón Fernández, hoy en día recién llegado a las páginas de Excélsior, fue vetado y tuvo que cubrir Italia 90 desde los estudios de televisión del Ajusco.
¿Qué más prueba de la ontología del mexicano que la del tramposo que se enfurece por ser descubierto? Pero el futbol ofrece revanchas. México podría ganar en la cancha lo que perdió en los despachos por culpa de directivos sin escrúpulos. La oportunidad surgió para clasificar a Estados Unidos 1994. Antes de iniciar las eliminatorias para ese destino surgió una sentencia que nos desnuda: “El Mundial más cercano geográficamente, pero quizás demasiado lejano, deportivamente hablando”. El técnico Miguel Mejía Barón no hizo los cambios y desde entonces se habla de la maldición que supone llegar al quinto partido. No hay que buscar en demasiadas partes para reconocer que, en cuestiones de futbol, somos campeones del sufrimiento.
Notaba el periodista catalán Enric González que el futbol no es una de las bellas artes, sino una simple actividad deportiva: “Atrae a muchos millones de espectadores, genera un gran negocio y provoca en los aficionados emociones muy profundas, porque en él pueden proyectarse ciertas pulsiones que ni el individuo ni la sociedad logran satisfacer nunca de forma plena. El futbol es lo que se vuelca en él”.
A la vuelta de la esquina está un nuevo campeonato del orbe, el tercero para México. Con el nuevo orden mundial surgieron jugadores que cambian de equipo como de perfume. Hoy juegan de morado, mañana, en el otro extremo del país o en otro continente, de cualquier otro color, lamento para el aficionado de toda la vida. Hay una máxima clásica al respecto: se puede cambiar de pareja sentimental, de sexo, de nacionalidad, de religión, pero lo que no se puede cambiar es de equipo de futbol. En el juego, el aficionado es el único ente insustituible. Y, sin embargo, afinidad de afinidades, todo, y nada, es afinidad.
A finales de la década de los años 90 del siglo pasado, El Vasco Aguirre se solidarizó con el movimiento neozapatista. Usó el futbol como vehículo de visibilización y apoyo social. Se organizó un partido amistoso contra una selección de delegados del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Ese gesto ayudó a la discusión que se abrió sobre los derechos indígenas.
Hoy en día Javier Aguirre es un hombre maduro, con amplia experiencia en partidos internacionales, que ha optado por un perfil más institucional, alejado de, digamos, cualquier postura. El joven futbolista que representó a su país en México 86 ahora tiene la oportunidad de volver a representarlo en casa con las riendas del Tricolor, al que ya dirigió en Corea-Japón 2002 y Sudáfrica 2010. Pero antes fungió como auxiliar técnico en 1994. Se diría que aquí abrió un largo arco en el deporte que lo catapultó, y lo mantiene, como figura pública, y acaso aquí cierre ese dilatado ciclo.
Porque el futbol mexicano, plagado de contradicciones, vuelve a Norteamérica. Del cinismo de los despachos de la Femexfut a la madurez pragmática del Vasco, en este deporte persiste un raro sentido de pertenencia.
