Oficialmente, Julius Erving es un abuelito de 72 años y 2.01 metros de altura. Le dicen, con gran respeto, El Doctor, pero no es médico ni tiene posgrados. Fue el gran ídolo de infancia de Magic Johnson y Michael Jordan. Ambos tenían sus pósters, imitaban sus movimientos y se reflejaron en su espejo camino a la NBA.
La helada estadística muestra que entre Magic y Jordan hay 11 títulos de la mejor liga de basquetbol del mundo, organización en la que el Dr. J “sólo” ganó uno. Muy poquito, dicen los que ponen las conquistas deportivas en la balanza y que no le cuentan, de manera crasa, los campeonatos que ganó en la antigua ABA (la American Basketball Association), que se fusionó con la NBA en 1976.
Cuando murió Pelé, escuché a alguien en un video de redes sociales decir que no había que exagerar sobre su legado, pues jugó en la “época amateur”. En fin. Circulan materiales a los que les urge una curaduría, pero los creadores de contenido parece que les hicieron una lobotomía (disculpará usted la cacofonía).
El caso es que a Julius Erving se le venera por su influencia en el deporte ráfaga. En el futbol, hace mucho que Lionel Messi agotó los adjetivos, aunque nunca le han faltado detractores. En su día salieron argentinos que le reclamaron por ganar un sinnúmero de títulos con el Barcelona, pero ninguno con la Selección de Argentina. Hubo finales perdidas en la Copa América y la del Mundial de Brasil 2014. Lo acusaron de “pecho frío”. Fue cuando Carlos Salvador Bilardo, este sí un médico egresado de la Universidad de Buenos Aires que como técnico llevó a Argentina a ganar el Mundial de México 86, salió a demandar que pararan la metralla contra Messi, al que le tendrían que pedir “de rodillas volver a la selección”.
A Messi le llegaron los títulos con la Albiceleste, particularmente el del Mundial de Qatar 2022, profiláctico para el orgullo de ese país tan futbolero. Ahora le tocó perder una nueva final, pero en la víspera por el campeonato de 2026, Rodri, mediocampista español que se llevó el reconocimiento como mejor jugador de la Copa del Mundo, dijo que Messi es el mejor futbolista de todos los tiempos.
Cuando los Lakers de Los Ángeles vencieron a los Sixers de Filadelfia en las Finales de la NBA de 1980, Magic Johnson tuvo un conflicto al enfrentar, y vencer, a Julius Erving (“Estaba parado entre él y el trofeo de campeón”). Algo similar ocurrió con los jugadores españoles que, una vez campeones, fueron a rendirle tributo a Messi, el ídolo de su infancia al que habían vencido.
Hace décadas, una imagen quedó grabada para siempre. Obdulio Varela, el gran capitán de Uruguay, azuzó a sus compañeros con un discurso digno de Julio César (en el futbol siempre se exagera) y, juntos, dieron el Maracanazo. En lugar de celebrar con los suyos, se escapó del hotel y recorrió bares de Río de Janeiro. Años después confesó la tristeza que sintió al atestiguar el dolor del pueblo brasileño. “Ver a toda esa gente llorando me dio pena. Nosotros ganamos un partido de futbol, pero ellos perdieron una ilusión”.
Se supone que hay que ser dignos en la victoria y en la derrota. Impulsados por la tensión que se genera en un partido tan importante, algunos jugadores argentinos dieron muestras de ser malos perdedores. Fue una reacción humana, sí, pero también una oportunidad perdida. Los gigantes del deporte suelen distinguirse menos por la manera en que levantan un trofeo que por la forma en que asimilan una derrota.
Messi, que hace años ya no tiene nada que demostrar, sabe mejor que nadie que los campeonatos enriquecen un palmarés, pero la influencia, el carácter y la estatura moral alzan un legado. Por eso hay protagonistas de la cancha que trascienden los números. La soberbia suele ser mala consejera; la bondad, una virtud subestimada. En este Mundial las redes sociales se inundaron de improperios, lo que demuestra que el progreso tecnológico a veces es reaccionario.
