El mundo cambia. El futbol, también. La política contemporánea, no tanto. La realidad es una creación de los sentidos. En relativamente pocos años, internet pasó de ser una herramienta de escritorio al eje de nuestra cotidianidad. La inteligencia artificial, asimismo, revoluciona industrias y sectores. Los goles y demás gestas deportivas provocan admiraciones que se renuevan con los recuerdos. La política, en cambio, es una ilusión que, a pesar de ser fugitiva, permanece. Percepción maleable. Y en tiempos de goles, el sportwashing se alza como la opción para ocultar los esqueletos en el clóset.
En 1978, la dictadura militar argentina tenía un problema. Organizó el campeonato mundial de futbol, pero para ese entonces, con las miradas del planeta encima, los milicos tenían secuestradas, torturadas y desaparecidas a unas 22 mil personas.
El asunto dejó evidencia periodística de sobra, pero también se prestó para la ficción. En Purgatorio (2009), el escritor argentino Tomás Eloy Martínez crea un personaje que, en algún momento, invita a Orson Welles a realizar un documental propagandístico en el marco del torneo de Argentina 78. Al personaje en cuestión no se le ocurrió otra cosa que basarse en Los dioses del estadio, el filme sobre los Juegos Olímpicos de 1936, de Leni Riefenstahl, decidida admiradora y colaboradora del Führer. En el sportswashing están los detalles del diablo.
La CDMX llegará al campeonato de 2026 maquillada. Pavimento nuevo, luminarias, corredores turísticos, rutas “modernizadas”, bardas limpias, estaciones remozadas… y obras interminables, problemas de movilidad, trabajos iniciados al cuarto para la hora.
Sí, el torneo dejará infraestructura, derrama económica y prestigio internacional, pero las facturas de la fiesta las pagan ciudadanos metidos en el caos, entre polvo, afectados por cierres y martillazos a cualquier hora.
En Santa Úrsula Coapa, alrededor del Estadio Azteca, los testimonios de los vecinos revelan la manera en que el gobierno gestionó el asunto. Es curioso. Se canceló un aeropuerto mediante una “consulta popular”, pero nadie preguntó jamás si queríamos un trastorno citadino por cinco tristes partidos (¡sí, cinco!) de los 104 de México, Estados Unidos y Canadá 2026.
Hay algo revelador en esto. El residente deja de ser prioridad, aunque en los discursos se diga lo contrario, y el visitante se convierte en el centro de la planeación. La lógica cambia: ya no importa tanto cómo viva la ciudad, sino cómo se verá en televisión y, ahora más que nunca, en las redes sociales. El futbol intensifica la problemática. El torneo será una postal y acaso millones de selfies. Gracias a la FIFA tenemos obra pública.
Aquí ya se organizó México 1970 y 1986, muy exitosos y comentados, pero quizá ésta será la primera cita mundialista en la que una parte de la ciudadanía vea el torneo no con ojos de aficionado, sino de ciudadano molesto.
Aunque no haya intenciones de sportwashing, los gobiernos de los países sedes de 2026 tienen graves acusaciones. En Estados Unidos, donde de cualquier manera el futbol es irrelevante, hay señalamientos por la atención global que deberían tener sus políticas migratorias fronterizas y su participación en conflictos geopolíticos. Canadá atraviesa una grave crisis de vivienda por precios de adquisición inalcanzables y alquileres excesivamente altos. Y en México, el combate al crimen organizado es un asunto grave, heredado o no, con futbol o sin él.
CAJA NEGRA
Palomo: papel, tinta y memoria es una exposición-homenaje que varios colegas le harán al gran Pepe Palomo, colaborador de Excélsior que partiera de este mundo en marzo pasado. La inauguración será este jueves, a las 17:00 hrs, en la UBS Business School, Miguel Laurent 719, en la colonia Del Valle. Donde quiera que esté, seguro Palomo disfrutará del futbol. ¡Salud, Pepe!
