Ahora la inteligencia artificial escribe la vida

Nos sorprendió la inteligencia artificial cuando descubrimos que puede escribir de manera solvente reportes, ensayos o discursos. La IA, asimismo, traduce idiomas. Todo ello en cuestión de segundos. Ahora ha ido mucho más lejos al comenzar a escribir el lenguaje de la vida.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford y del Arc Institute anunció que los “modelos de inteligencia artificial Evo 1 y Evo 2 fueron capaces de diseñar genomas completos de bacteriófagos, virus que infectan exclusivamente bacterias”. Los científicos sintetizaron 285 de esos diseños en laboratorio y comprobaron que 16 eran funcionales: podían replicarse, infectar cepas y destruirlas. Los resultados fueron publicados en la revista Science (el lector podrá encontrar un resumen aquí: https://www.science.org/doi/10.1126/science.aec2657).

En términos simples, esto significa que modelos de IA fueron “entrenados con lenguaje de ADN” para crear genomas completos de virus que atacan bacterias (bacteriófagos) totalmente funcionales y desde cero, algo que no existe en la naturaleza. El asunto me remite a Jean Rostand, histórico divulgador científico: “La ciencia nos ha hecho dioses antes de que mereciéramos ser hombres”.

Sin embargo, estos virus no infectan seres humanos, animales ni plantas. Los investigadores restringieron el entrenamiento del modelo para excluir virus humanos y concentrarse en bacteriófagos, precisamente para reducir riesgos y explorar aplicaciones terapéuticas, como el combate contra bacterias resistentes a los antibióticos.

Lo relevante del asunto es que la IA penetró en un territorio que durante décadas perteneció casi exclusivamente a la bioética: el diseño deliberado de la vida. Hasta hace poco, la bioética discutía cuestiones relacionadas con la reproducción asistida, la clonación, la edición genética o el uso de células madre. Detrás de cada decisión había un ser humano que intervenía directamente sobre organismos vivos. Hoy aparece un nuevo “actor”.

La IA no decide por sí misma, como sugiere el historiador israelí Yuval Noah Harari. Sin embargo, propone soluciones biológicas que ningún investigador había concebido.

La pregunta consiste en qué tipo de vida puede ayudar a diseñar una inteligencia artificial y bajo qué reglas debe hacerlo. Los propios investigadores parecen ser conscientes de ello. Explican que el desarrollo de Evo “incorporó restricciones para evitar aplicaciones peligrosas y el trabajo fue sometido a evaluaciones de bioseguridad antes de su publicación”. Esa cautela merece destacarse. El avance tecnológico no tiene por qué estar divorciado de la responsabilidad científica.

Al respecto, la historia reciente ofrece suficientes lecciones. Internet fue concebido como una herramienta para compartir conocimiento, las redes sociales prometían democratizar la conversación pública, la IA se presentó como un asistente creativo. Pero todas terminaron planteando problemas que nadie anticipó. La biología computacional probablemente recorrerá un camino parecido.

Al mismo tiempo, sería un error responder con miedo. La resistencia bacteriana representa una de las mayores amenazas para la medicina contemporánea. El beneficio potencial para millones de pacientes podría ser enorme.

La bioética nunca pretende frenar a la ciencia. Su propósito es garantizar que el progreso ocurra con responsabilidad, transparencia, supervisión y justicia, tópicos que Rostand abordó en sus libros. Quizá por eso este avance merece una lectura distinta, la del surgimiento de una nueva forma de colaboración entre inteligencia humana e inteligencia artificial para diseñar sistemas vivos, y eso exige ampliar también las preguntas éticas. La inteligencia artificial no tiene conciencia moral (hasta el momento). La sociedad, sí.