A un año del Mundial de Qatar 2022

En pocas décadas, el futbol pasó de ser un espectáculo de héroes de fin de semana a una corporación multinacional de mafiosos sin pistola.

Mañana estaremos a un año del silbatazo inicial del Mundial de Qatar 2022 que, al igual que el anterior, el de Rusia 2018, se jugará manchado por la corrupción. La designación de ambas sedes derribó el reinado del suizo Joseph Blatter como presidente de la FIFA, el órgano rector del balompié en el planeta. Es curioso que se cite una y otra vez el hecho de que la FIFA tenga más afiliados que la ONU (211 contra 193), pero resulta inquietante que millonarios sobornos hayan marcado sus decisiones, en este caso con intereses de explotación de gas natural entre rusos y cataríes.

La historia es muy conocida. En noviembre de 2010, pocos días antes de la votación para las sedes de las copas del Mundo de 2018 y 2022, el francés Michel Platini, uno de los mejores futbolistas de la historia que asimismo ha desempeñado varios cargos en el “futbol” organizado, almorzó con el entonces presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, invitación que también atendió el jeque Tamim bin Hamad Al Thani, emir de Qatar. Después de aquella reunión, Platini le comentó a Blatter que Qatar ganaría la elección. En junio de 2019, Platini fue detenido e interrogado durante varias horas en relación con el FIFA-gate, el mayor escándalo de corrupción en el ámbito deportivo.

En pocas décadas, el futbol pasó de ser un espectáculo de héroes de fin de semana a una corporación multinacional de mafiosos sin pistola. Y esto último, lo de las pistolas, quién sabe. Sí, el futbol es un negocio que, como cualquier otro, aspira a contar con los mayores réditos posibles, pero con el FIFA-gate, cuyas investigaciones siguen en curso, advertimos cómo se premiaban entre sinvergüenzas. Ni más ni menos que el polémico Foro Económico Mundial estima que la corrupción cuesta unos 2.6 billones de dólares al año.

En esa espiral es igual de corrupto el arquitecto que compra varillas delgadas para alzar un edificio, pero que las cobra como gruesas. En marzo de este año, el diario británico The Guardian develó que más de 6 mil 500 trabajadores migrantes de India, Pakistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka han muerto en Qatar desde que comenzaron las obras para la Copa del Mundo, lo que ha provocado el malestar de varios países, algunos de los cuales ya tienen su boleto a ese torneo de selecciones del año que entra.

El equipo nacional de Dinamarca portará “mensajes sobre los derechos humanos” en su vestimenta de entrenamiento durante Qatar 2022, anunció estos días la Federación Danesa de Futbol. Asimismo, minimizará los viajes a Qatar por parte de su personal, de modo que “la participación en la Copa del Mundo sea primordialmente un evento deportivo sin promover los eventos de los organizadores del Mundial”, dijo el director de la Federación Danesa, Jacob Jensen.

Pero la FIFA es una fábrica de dinero. Insaciables, existe la firme intención de organizar un mundial cada dos años, y no cada cuatro como hasta ahora. En ese sentido, la Federación Mexicana de Futbol está entre la espada y la pared, presionada por el grito homofóbico que se escucha en los estadios, lo que le ha costado multas, algún veto y, de manera radical, la amenaza de expulsión para asistir a Qatar 2022. El expediente más reciente que la FIFA le abrió a México fue en octubre, en el partido eliminatorio contra Canadá en el Estadio Azteca, para lo cual hay 60 días para presentar la apelación correspondiente, tiempo que coincide con el siguiente congreso con todos sus afiliados, el 20 de diciembre, en cuyo orden del día destaca la votación por el mundial bianual.

La FIFA se ha ganado un sinnúmero de enemigos, némesis con intereses particulares. Uno de ellos, Mino Raiola, polémico representante de futbolistas, llegó al extremo de mencionar que “la FIFA es como un dictador comunista que le dice a todos qué hacer”. Ya veremos en diciembre.

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