Sí podía saberse

Para preservar la democracia no basta con ganar batallas jurídicas, es necesario vencer en las urnas a quienes la amenazan

El reproche es inútil, la lección no. Los ciudadanos eligen a sus gobernantes y es normal que un sector de sufragantes de la opción ganadora acabe decepcionado de ella. En ese caso, tienen la posibilidad de rectificar en la siguiente elección, votando por un partido distinto. Así es la normalidad democrática, pero eso es precisamente lo que hoy peligra en México.

Acertar y repetir o equivocarse y corregir son prácticas cotidianas de los electores. El voto de castigo se ha vuelto común, al grado que las alternancias predominan sobre las continuidades. El problema es que los nuevos empoderados modificaron unilateralmente las reglas del juego electoral y están socavando las instituciones democráticas para beneficio del partido oficial, buscando restaurar la hegemonía estructural del grupo en el poder, característica fundamental del régimen que predominó el siglo pasado. La Corte está bajo asedio del Ejecutivo porque es la única que puede evitarlo, haciendo prevalecer la Constitución sobre el despotismo, como por fortuna lo estamos viendo.

Es verdad que muchos rasgos autoritarios se podían distinguir en el actual Presidente desde que era jefe de Gobierno en la capital, no se diga después de su derrota electoral frente a Felipe Calderón que hasta la fecha no ha podido asimilar. Pero también es cierto que en campaña hizo un esfuerzo importante para mostrarse moderado e incluyente, sumando adversarios como Gabriela Cuevas, Germán Martínez y Tatiana Clouthier. Seis años antes enarboló la bandera cursi de una “república amorosa” con el mismo objetivo. El lobo gusta de vestirse con piel de oveja, máxime cuando pide el voto.

No pocos tachan de ingenuos y cretinos a quienes vieron señales genuinas de pragmatismo y tolerancia, culpándolos por los desatinos, retrocesos y destrucciones del presente. Discrepo, aunque entonces fui de los que señaló con ahínco la engañifa y alerté sobre la restauración autoritaria que vendría si se verificaba el triunfo de López Obrador. Reconozco que ese querer creer de buena parte de la sociedad se explicaba por el legítimo y extendido descontento social con el estado de las cosas y los partidos preponderantes en las dos décadas de transición. Hoy no hay duda que el remedio resultó peor que la enfermedad, pero eso no absuelve de fallas, vicios y errores al régimen prevaleciente en 2018.

El multicitado ensayo de Enrique Krauze, El mesías tropical, no sólo mantiene vigencia, su constatación está a la vista de todos. El polémico texto del 2006 resultó profético. Sin embargo, resulta ocioso y contraproducente distraerse en aplaudir a quienes previeron el delicado trance en el que se encuentra la república y, en cambio, recriminar a los que respaldaron la esperanzadora promesa de cambio que fue traicionada. No olvidemos que muchas causas que se identificaron con el luchador social a lo largo de su larga travesía a la Presidencia siguen siendo anhelos apremiantes que bien haría la alternativa opositora en retomar rumbo a la disputa de la nación el próximo año. Y es que no tiene ningún sentido condenar almas o dotarse de superioridad moral por haber acertado en el análisis, sino rescatar al país y para eso nos necesitamos todos, desencantados incluidos. Generosidad y altura de miras que permitan construir un gran frente electoral que derrote al populismo autoritario.

Ahora lo que sabemos es claro y notorio, la experiencia atajó el debate. Para preservar la democracia no basta con ganar batallas jurídicas, por cruciales que sean, es necesario vencer en las urnas a quienes la amenazan, pues de lo contrario sólo será cuestión de tiempo para ver caer una a una las pocas islas de contención que no se han rendido al hiperpresidencialismo recargado que regresó por sus fueros.

Para vencer electoralmente al régimen que echará mano de todos los recursos que tenga al alcance para conservar el poder, se necesitará atraer a abstencionistas, escépticos y desilusionados. Eso implica tender la mano en lugar de cerrar el puño y deslindarse del pasado reciente que fue castigado de manera inequívoca por los ciudadanos. Se trata de aprender de los errores y demostrar que es viable un país más libre, justo y democrático.

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