La necedad

Si el control territorial del crimen sigue extendiéndose es porque el Estado mexicano se está negando a sí mismo al renunciar al monopolio legítimo de la fuerza. Las razones dadas son pueriles.

Las maromas no resuelven ningún problema, sólo expresan la desesperación por ocultar el fracaso. 

Prefieren continuar en el error antes que aceptar la equivocación y corregir porque consideran que eso sería darle una victoria discursiva a la oposición que se traduciría en votos en su contra. Están en campaña permanente y lo único que interesa es la percepción pública, a la cual bombardean sin cesar. Sin embargo, la propaganda tiene límites, máxime cuando contradice la experiencia cotidiana de las personas y el sentido común. No estoy seguro de llamar “estrategia” a lo que se está haciendo en materia de seguridad, de lo que no tengo duda es que no está dando resultados y que el país se encuentra en una situación límite. 

Mantener la violencia en sus máximos históricos no es ningún triunfo, aunque se quiera vender como tal que no esté aumentando. Los homicidios son un parámetro importante y es lastimoso que se esté normalizando el horror de las escenas dantescas en masacres, y otras atrocidades que suceden a diario, pero no son los únicos síntomas de la creciente e inocultable descomposición social que tenemos ante nuestros ojos. 

Puede ser que, como dio a entender el propio Presidente, la guerra desalmada entre bandas vaya determinando la hegemonía de alguna de ellas en cada plaza y, al dejar de peleársela, disminuyan los asesinatos. El tema es que vivir bajo el imperio de una organización criminal no es algo que tranquilice a la población, así haya triunfado sobre sus rivales y pueda pactarse con ella. Porque lo que está detrás de ese objetivo, apenas balbuceado, es la añoranza por los tiempos en los que el poder político acordaba rentas con los criminales y les ponía límites a cambio de dejarlos trabajar. 

Si el control territorial del crimen sigue extendiéndose es porque el Estado mexicano se está negando a sí mismo al renunciar al monopolio legítimo de la fuerza. Las razones dadas son pueriles, a pesar de sus resonancias teológicas. 

 Cuando López Obrador justifica evadir la confrontación armada con los comandos de sicarios que aterrorizan comunidades enteras, alega que “no se puede combatir el mal con el mal”, como si la violencia de los criminales para delinquir fuera moralmente la misma que utilizan las fuerzas de seguridad para hacer cumplir la ley. 

Según esa visión, no puede protegerse a las personas sin igualarse con quienes atentan contra ellas y es mejor abandonarlas a su suerte que pecar, recurriendo a la fuerza del Estado. Daría risa si no fuera trágico para muchas comunidades. En esas condiciones es natural que las bandas delincuenciales se afiancen, fortalezcan y diversifiquen. Por eso no extraña que el secuestro, la extorsión, las desapariciones y el robo con violencia estén al alza. La gente vive en la zozobra, porque quien debe brindarles seguridad en la tierra pretende ganarse el cielo ignorando su responsabilidad constitucional. 

 Sería ingenuo, es verdad, tomar en serio los desplantes demagógicos y sermones con los que se busca sostener la negligente actitud de las fuerzas federales en el combate al crimen. Pedir que las corporaciones policiacas y las Fuerzas Armadas utilizadas en labores de seguridad pública actúen para proteger a la población no es un llamado a realizar ejecuciones extrajudiciales ni a violar derechos humanos. 

 En realidad sólo se demanda que cumplan con su obligación. Quien decidió militarizar ésa y otras áreas del servicio público es el que utiliza pretextos absurdos para sostener su inacción. 

Si la apuesta es atacar las causas, identificándolas con la pobreza y la falta de oportunidades laborales, la mala noticia es que ha crecido la pobreza y el desempleo con este gobierno. Mientras tanto, la descomposición crece porque el crimen echa raíces, se fortalece económicamente y, por si algo faltara, aumenta su influencia política, incidiendo de manera cada vez más descarada en las elecciones. 

Es innegable que la prioridad y obsesión del régimen es mantener el poder a toda costa. Lo exudan. Pero dejar hacer y deshacer al crimen para no abrir otro frente distinto que sus adversarios políticos es una aberración. Quien se acuesta con criminales sangrado amanece... aunque luego se den baños de pureza. 

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