El show

Si el objetivo es salvar el mayor número de vidas, se requiere vacunar a los más en el menor tiempo posible. Para lograrlo tienen que coordinarse las fuerzas del Estado y de la sociedad

Cinco secretarios de Estado, dos subsecretarios, el titular de la Administración General de Aduanas, más las directoras de Pfizer y DHL, estuvieron en el aeropuerto para recibir tres mil dosis de la vacuna Pfizer que alcanzan para 1,500 trabajadores de la salud porque requiere refuerzo. Gran ceremonia para asegurar que México era el primer país de América Latina en recibirlas, aunque ese mismo día otros países de la región recibieron más dosis.

La propaganda manda. Todo se alinea en torno a ella. Lo prescindible es la verdad, de hecho, es extraña su presencia. Para el Presidente gobernar es comunicar, lo que mejor sabe hacer. Pero no para informar, sino para hacer campaña, lo que nunca ha dejado de hacer, ni siquiera en los momentos más difíciles. Aunque los resultados sean desastrosos, él siempre sale a cantar victoria, a minimizar los problemas, a relatar hazañas que sólo él ve. Se hace monumentos con su propia saliva.

Este año ha sido en ello paradigmático. Difícil imaginar un panorama más desolador con la enfermedad descontrolada, la violencia en su máximo nivel, la pronunciada caída económica, el alto desempleo, la pobreza creciente y la descomposición del ambiente político y, sin embargo, en Palacio Nacional no dejan de alardear con su cacareada transformación como si se tratara de un acontecimiento épico, a pesar de que su único logro palpable es que ahora todo lo decide el Presidente.

Los hechos y datos corroborables son negados, puestos en duda o minimizados. En cambio, lo que no se puede demostrar o es desmentido por la evidencia, como el supuesto fin de la corrupción, es decretado como dogma de fe.

En estos nueve meses de emergencia sanitaria, el Presidente pasó del desprecio a la enfermedad, al desbordante optimismo, contradiciendo las alertas de su propio gobierno. En lugar de transmitir la gravedad de la situación, no ha dejado de insistir —y mentir— en que “ya pasó lo peor”, “ya se aplanó la curva”, “ya domamos la pandemia”, además de ser el primero en no respetar las reglas de prevención al salir de gira, sacarse fotos con simpatizantes sin guardar sana distancia y negarse a usar cubrebocas.

Así que no extraña que López Obrador busque promover la llegada de la vacuna como un éxito personal, tal y como lo pretendió hacer Donald Trump, pero a éste no le alcanzó el tiempo. Si una constante ha tenido la comunicación social del mandatario mexicano, a todas luces el área prioritaria de su administración, es la subordinación de cualquier consideración al cálculo electoral del partido del gobierno sin detenerse en las prohibiciones legales. Por eso sigue interviniendo en los comicios desde sus mañaneras.

En ese mismo tenor, además del espectáculo montado para recibir esas pocas dosis, Morena no tuvo ningún pudor en violar la ley al difundir spots, haciendo proselitismo con el “acontecimiento” financiado con recursos públicos. Y, otra vez, por enfocarse sólo en la percepción de los ciudadanos, se despreocupan del tiradero. Para lograr la inmunidad se necesita vacunar, por lo menos, al 70% de los mexicanos, aproximadamente 100 millones de personas. Es muy irresponsable que ese impresionante reto que necesita de una amplia unión para cumplirse se vuelva terreno de disputa electoral.

Preocupa que la propaganda triunfalista relaje medidas de prevención cuando no se ha recibido ni el 0.1 por ciento de las vacunas y sabiendo que es mucho más complejo vacunar masivamente que comprarlas en el mercado mundial e importarlas.

Si el objetivo es salvar el mayor número de vidas, se requiere vacunar a los más en el menor tiempo posible. Para lograrlo tienen que coordinarse las fuerzas del Estado y de la sociedad, realizando convenios con instituciones públicas y privadas, permitiendo la colaboración de organizaciones civiles, verificando que se cumplan los criterios de priorización por vulnerabilidad, sea gratuita, universal y no existan privilegios. Pero todavía no está claro siquiera que vaya a permitirse la participación de los gobiernos locales.

En esta labor no pueden caber mezquindades ni sectarismos. La vacunación tiene que quedar fuera de la lucha electoral. Las vidas deben valorarse por encima de los votos. ¿Lo entenderá el Presidente?

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