El humanismo de Sheinbaum
Las palabras importan, así se les degrade o de plano trastoquen su significado. Es verdad que no son intocables, que recrearlas es legítimo, sobre todo en la poesía, que el tiempo las va moldeando, que muchas son equívocas y es el contexto el que da las claves para ...
Las palabras importan, así se les degrade o de plano trastoquen su significado. Es verdad que no son intocables, que recrearlas es legítimo, sobre todo en la poesía, que el tiempo las va moldeando, que muchas son equívocas y es el contexto el que da las claves para definirlas. No es motivo de este escrito balbucear filosofía del lenguaje, sino hablar de la dolosa manipulación de conceptos a los que se les vacía de sentido o, peor aún, se les adultera con demagogia y propaganda para engañar a la opinión pública y, en específico, de la desvergüenza que tiene el grupo en el poder al reivindicarse “humanista”. Una impostura insostenible.
Claudia Sheinbaum se presenta como “ambientalista”, siendo que, entre otras cosas, destruyó el humedal de Xochimilco, se desentendió del Metro, no movió un dedo para que la termoeléctrica de Tula que contamina a la CDMX dejara de operar con combustóleo y viene de avalar el ecocidio en el sureste, subiéndose al Tren Maya justo cuando los reyes de Suecia no quisieron hacerlo. La candidata oficial también se asume feminista después del maltrato y desprecio a las impresionantes marchas de mujeres, la persecución de activistas y el respaldo a Salgado Macedonio. Pero nada es tan falaz como la identificación rimbombante de ella, del Presidente y de su movimiento con lo que llaman “humanismo mexicano”.
El concepto es escurridizo y multitask, pero podemos encontrar las coordenadas que, al menos, nos permitan dilucidar lo que no es. Se suele identificar el origen del humanismo con el Renacimiento, que es muy diverso, pero de alguna manera rescata la centralidad del ser humano de la época clásica (grecolatina): de su cuerpo, sus pasiones, su sensibilidad, sus contradicciones, sus deseos, sus dilemas, su relación con la divinidad o su angustia frente al horizonte ineludible de la muerte. Es la reivindicación de la persona que los vive, enfrenta, sufre, goza, sobrelleva. Nada que ver con el populismo que la diluye en un “pueblo” homogéneo, representado e interpretado en exclusiva por un líder que no admite la expresión de diferencias en su seno.
No tenemos espacio para ahondar en abstracciones, así que vayamos directo a la experiencia, reconociendo que Sheinbaum se ha esforzado con éxito en mostrar una identidad sin dobleces con el titular del Ejecutivo y que no hay nada que permita colegir desacuerdos entre ellos. No se puede ser humanista cuando se ignora el dolor de las madres buscadoras o se abandona a comerciantes, restauranteros, taxistas, empleados, artistas y un largo etcétera durante la pandemia, por no hablar de la experimentación con pacientes de covid, dándoles Ivermectina, que resultó contraindicada. Al perseguir a migrantes con militares los hicieron vulnerables a ser secuestrados y explotados en la trata por redes del crimen, así como a la extorsión de autoridades.
La palabra clave es dignidad, pero ésta se conculca cuando amenazan con quitar programas sociales o se paga para el acarreo de contingentes y, peor aún, cuando coaccionan el voto. Para colmo, la CNDH se olvidó de las víctimas y de los derechos constitucionales para defender al Presidente. La polarización provocada por gobernantes que estigmatizan periodistas y ciudadanos por disentir, que premian la obediencia ciega y que promueven con recursos públicos el culto a su personalidad no tiene nada de humanista. Al contrario, es la búsqueda del sometimiento individual al Leviatán puesto al servicio de una élite que, en nombre de una mayoría alienada, excluye a las minorías.
En la novela 1984, George Orwell relata una distopía que rememora al estalinismo. El Ministerio de la Verdad se encarga de mentir con propaganda engañosa que cambia según los intereses del Gran Hermano; el Ministerio de Paz se dedica a la guerra y el del Amor maneja a la policía que persigue y reprime. Esa perversa soberbia de resignificar las palabras para la manipulación y el control político de la sociedad es algo que los populismos comparten con los regímenes totalitarios. Sólo así se entiende que en México tengan la audacia de decirse humanistas quienes pretenden acabar con la democracia liberal y las libertades conquistadas. El mundo al revés.
