Después del debate

Para un análisis correcto hay que mantener distancia crítica.

Las expectativas no son parámetro, al contrario, sesgan la evaluación. Se engañan quienes piensan que el común de los espectadores comparte el complejo análisis de la situación política que ellos han hecho y que, por tanto, vieron el debate a través de sus lentes. Dan por sentado erróneamente que todos coincidimos en que estamos en el decimosegundo round de una pelea ya definida en las puntuaciones y que sólo queda noquear o perder. Eso explica el desfase entre opinadores y público en general.

Es verdad que nadie llega en blanco a observar un debate y lo normal es reafirmar las diversas preconcepciones con las que cada quien carga al sentarse frente a la pantalla. De ahí que se sostenga que sólo algo extraordinario puede cambiar tendencias, pero es un exceso levantarle la mano a una candidata por lo que no ocurrió. Claudia Sheinbaum eludió responder, mintió con cinismo, recicló los otros datos presidenciales, defendió lo indefendible, se mostró indolente con las víctimas y cayó en un triunfalismo autocomplaciente que choca con la dura realidad que padecen los mexicanos; pero algunos le levantan la mano porque lo hizo con aplomo y no la derribaron.

El debate no termina con las palabras finales de los candidatos, ni se queda en las cuatro paredes que rodearon el escenario. Lo que cada uno de ellos dijo traerá una estela que podrá crecer o no durante los dos meses que faltan de campaña. El golpe efectivo no necesariamente tiene la espectacularidad de definir la contienda cuando se pronuncia, incluso puede carecer de elocuencia y contundencia en un primer momento, pero da en el blanco, exhibe el flanco descubierto y abre una herida que bien puede infectarse y acarrear graves consecuencias.

Para un análisis correcto hay que mantener distancia crítica, evitar condescendencias y mantener la vara alta con todos los candidatos. No niego nerviosismo, atropellamiento y descuido de detalles por parte de Xóchitl Gálvez. Dejó cosas importantes en el tintero y no tuvo la frescura y soltura que le caracterizan, pero puso con tino algunas banderillas, cuyo seguimiento pueden mermar seriamente a su rival. Es verdad que el formato no ayudó, que el intercambio se volvió disperso, tedioso y repetitivo, una mezcolanza de temas tratados en un intercambio cortado y poco exigente. Además, le echaron montón porque, aunque el candidato de MC también aventó algunos dardos a la oficialista, para no dejar, es evidente que su prioridad fue mostrarse como oposición… de la oposición.

Tras cinco años y medio de intensa demagogia y malos resultados, está por verse la efectividad que guarda la reiteración de las mismas mentiras. Por ejemplo, Sheinbaum recicla el mito de ahorros estratosféricos por imaginaria lucha contra la corrupción. Algo que no sólo es indemostrable, nunca se había gastado tanto como en este sexenio. El presupuesto público de este año es, por mucho, el más alto de la historia y las obras faraónicas han sido un barril sin fondo, entre otras cosas por las prácticas corruptas. Se sigue pagando por un aeropuerto que no se construyó, parte del TUA se va al Tren Maya, el cual pasó de un costo estimado de 150 mil millones a más de 500 mil millones, y Rocío Nahle compró mansiones con dinero en efectivo antes de que se refinara el primer litro de gasolina en Dos Bocas; obra que también triplicó el gasto originalmente presupuestado. Eso va a pesar, se haya dicho o no en el debate.

La caracterización de la candidata oficial como una mujer fría, dura e insensible puede volar porque el Rébsamen, la Línea 12 y la pandemia son heridas abiertas que la impunidad y las múltiples víctimas ignoradas evitan que supuren. Su imagen distante e indolente no se revierte por más risas fingidas que difundan y hace sentido verla como una dama de hielo que sólo fue auténtica cuando regañó a los moderadores.

El drama humano por falta de vacunas y medicamentos desmiente con elocuencia el conformismo de la candidata del régimen. Y hay temas no contemplados en el primer debate, pero que están presentes en el ánimo social: violencia, inseguridad e industria criminal, por un lado, y el peligro de perder la democracia y las libertades por el otro. Lo mejor está por venir.

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