Desaparecer desaparecidos

El exceso de poder causa delirios. Uno de ellos es pensar que la historia se puede manipular, alineándola a los intereses y deseos de quien gobierna. No hablo de dejar asentada una visión y narrativa frente a otras, sino de maquillar cifras y usar instituciones para ...

El exceso de poder causa delirios. Uno de ellos es pensar que la historia se puede manipular, alineándola a los intereses y deseos de quien gobierna. No hablo de dejar asentada una visión y narrativa frente a otras, sino de maquillar cifras y usar instituciones para establecer la verdad oficial y restregársela en la cara a los adversarios, pues la intención es que, además de alimentar la megalomanía de quien anhela ser recordado como prócer de la patria, sirva en la lucha política y, en su caso, electoral.

Si la propaganda no coincide con la realidad, habrá que adulterar la realidad; para eso se dispone del gobierno y de los instrumentos del Estado. Afirmaron que no podían aceptar que haya más desaparecidos en el actual sexenio que en el de Felipe Calderón y, debido a ello, ordenan un “censo” para revisar el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y no Localizadas que ellos mismos establecieron, el cual es llevado a cabo por servidores de la nación –empleados de la Secretaría de Bienestar que se encargan de entregar programas sociales–, al margen de la Comisión Nacional de Búsqueda.

No les gustaron los resultados del ejercicio que acordaron con la sociedad civil y que fue aplaudido por organizaciones de defensa de derechos humanos, dentro y fuera del país, y decidieron alterarlo unilateralmente. El objetivo explícito no es encontrar personas, sino reducir cifras y, para llegar a la meta, deben al menos rasurar a 26 mil de la lista y que no se registren más en lo que resta de la presente administración, pues enlistaron a 17 mil desaparecidos durante el gobierno de Calderón y en éste ya iban más de 43 mil.

Si las vidas les importaran más que los números, no abandonarían a su suerte a las madres buscadoras, serían empáticos con su sufrimiento y asumirían que es responsabilidad del Estado dar con el paradero de sus seres queridos. Pero como el interés es promover la percepción de que hay mejoría, prefieren que las fosas clandestinas sigan ocultas y, cuando las encuentran, omiten contabilizar los cuerpos, tal y como lo documentó el Semanario Zeta de Tijuana. Por cierto, ése no es el único intento por maquillar los datos de homicidios dolosos; la organización Causa en Común observó que fiscalías estatales reclasifican muertes para disminuirlas artificialmente en la estadística.

El caso es que, sin sustento técnico, sin capacitación, sin metodología y sin facultades, funcionarios de Bienestar “censan” a los desaparecidos del presente sexenio para poder decir que, con sus “otros datos”, la estrategia de “abrazos, no balazos” funciona, no obstante la robusta evidencia del fortalecimiento económico, político y territorial del crimen organizado. Pero eso no evita que la tragedia humanitaria se extienda y normalice para desgracia de poblaciones enteras que padecen la zozobra de vivir a merced de la delincuencia más violenta y despiadada.

No sólo quieren responder con propaganda engañosa al fracaso en materia de seguridad, en medio del sexenio con más asesinatos y desapariciones de la historia, su pretensión es más ambiciosa: imponer el relato épico de la supuesta transformación que enarbolan. Por eso es que oscurecen el pasado y embellecen el presente, recurriendo a todas las armas de la posverdad.

Los nuevos libros de texto gratuitos son parte de esa operación estatal por afianzar la verdad oficial de un México dividido por creencias ideológicas, en el que el pluralismo es estigmatizado y sólo la inmoralidad explica el disentir con el régimen que se califica a sí mismo como parteaguas heroico. Hasta se permitieron el exceso de la venganza mezquina y falsaria contra Lorenzo Córdova, a quien no le perdonan haber defendido la autonomía del INE.

La humanidad no aprende en cabeza ajena y suele tropezar con la misma piedra. Guardando las proporciones, Stalin usó su inmenso poder para reescribir la historia y ocultar sus crímenes, pero a la postre el sanguinario dictador fue exhibido y hasta sus más leales le dieron la espalda a su recuerdo. No hay crimen perfecto y la verdad acaba por abrirse paso. El reto inmediato es que el engaño no triunfe en la elección presidencial y que la desinformación no se salga con la suya.

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