Barbarie

El salvajismo irrumpió con desenfreno en el espectáculo deportivo más popular y rentable del país. El impacto fue brutal.

Temo pensar en lo que nos falta por ver, se han vuelto terrenales los círculos del infierno de Dante. Dirán que ésa es la constante en las guerras, pero formalmente en México vivimos en paz. Sin embargo, la realidad nos golpea todo los días con imágenes aterradoras que, por desgracia, se han normalizado, estirando el umbral de asombro. Pero mirar tales escenas en algo tan cercano, masivo y familiar como un estadio de futbol fue una sacudida incluso para los más endurecidos.

El salvajismo irrumpió con desenfreno en el espectáculo deportivo más popular y rentable del país. El impacto fue tal que desplazó del centro de la conversación pública al candente escándalo por el espionaje al fiscal Gertz Manero y las grabaciones filtradas sobre su litigio familiar. Es verdad que la violencia en los estadios no es nueva, pero la magnitud de lo ocurrido y los niveles de saña inclemente difundidos al momento por redes sociales rebasaron cualquier precedente. Frente a ello es comprensible preguntarse: ¿quién nos protege?, ¿quién está a salvo?, ¿qué sigue?

El salto cualitativo podría explicarse con la versión circulada de que el crimen organizado ha penetrado barras de animación de los equipos y que lo acontecido en el estadio La Corregidora fue en realidad un ajuste de cuentas entre bandas rivales, lo que explicaría la réplica de ciertos códigos como desnudar a las víctimas inconscientes. Dicha línea de investigación resulta plausible porque la estrategia de la presente administración es la de eludir la confrontación directa con los grupos delincuenciales y atacar las causas sociales del delito –aunque sin mucho éxito, pues la pobreza ha crecido. Si al crimen no se le contiene y combate, se extiende.

Es bizantina la discusión sobre si hubo fusilamiento en San José de Gracia o se trató de una “multiejecución”, el tema es el desprecio por la vida y la dignidad humanas. Eso es lo que llevamos tres lustros constatando y es lo que acabamos de ver en el estadio de Querétaro. Esos hechos no se dieron por generación espontánea, germinaron en nuestra sociedad. La interminable repetición de este tipo de eventos ominosos es una derrota cultural y civilizatoria, pero también síntoma de descomposición y hartazgo social. Por eso juega con fuego quien apuesta a polarizar como estrategia político-electoral desde el poder; la pradera está seca y se engaña quien cree que podría controlar sus llamas.

No hay incentivo más perverso que la impunidad. La inmensa mayoría de los crímenes quedan sin castigo, incluyendo los de alto impacto. Y si los resultados no ayudan, un fiscal desgastado y sin credibilidad, menos. Lo sensato sería cambiar de estrategia de seguridad y al responsable en la procuración de justicia, pero estamos en el reino del capricho y de ese machismo político que cree que rectificar es señal de debilidad y significa otorgarle una victoria a los adversarios.

Si algún problema requiere de una política de Estado para enfrentarlo es precisamente el de la violencia desbordada. En tiempos de crisis como los que vivimos, sería de sentido común acordar una ruta común para salir adelante. Pero eso no va a pasar con este gobierno que prioriza el poder y el deseo de hegemonizarlo como grupo durante décadas. La sensatez se ha encarecido al punto de que los opositores y periodistas son tratados como enemigos del régimen, mientras los criminales reciben abrazos y comprensión por ser “víctimas de la política neoliberal”.

Que nadie dispute al poder su narrativa, lo demás es secundario, así se trate de vidas, quimios, escuelas de tiempo completo, etc. Disculpe usted los daños que le ocasiona la transformación, el cambio de época decretado vale cualquier sacrificio… aunque ni el Presidente sepa hacia dónde nos dirige. La condena unánime por lo ocurrido en La Corregidora tiene valor, pero no puede quedarse en indignación momentánea. Se necesitan aclarar muchas cosas, entre ellas si se trató de una agresión premeditada y cuál fue la actuación de los cuerpos de seguridad, dentro y fuera del estadio, así como detener a los agresores. La Federación Mexicana de Futbol también tiene el balón en su cancha: ¿qué va a hacer para evitar que se repita otra tragedia?

Temas: