AMLO y el paro de mujeres

Sería oportunista que algún partido pretendiera encabezar la protesta, pero, en esta ocasión, no es el caso

Hay oportunidades que sería un crimen desperdiciar. Sectores importantes de la sociedad mexicana se han sensibilizado contra la violencia de género a la luz de feminicidios con alto impacto mediático. Los dolorosos y dramáticos casos de Ingrid Escamilla y la pequeña Fátima sacudieron a la opinión pública, haciendo patente la vulnerabilidad de niñas y mujeres frente a un problema que crece.

En lugar de representar la extendida e intensa indignación por lo ocurrido, saludar la reacción social que demanda soluciones y anunciar medidas para darle respuesta, el presidente Andrés Manuel López Obrador se puso a la defensiva y descalificó la iniciativa de Un día sin mujeres, recurriendo al expediente de denunciar una supuesta “mano negra de la derecha” que pretende “manipular” a las genuinas activistas para… ¡afectarlo a él!

Tiene una falla de perspectiva, pues no todo lo que pasa en el país se define en torno a su persona. El tema no es la popularidad del titular del Ejecutivo ni los imaginarios ánimos golpistas alucinados desde la paranoia oficialista, sino la inadmisible violencia que sufren mujeres de todas las edades y cuya causa está tanto en la impunidad como en la ola de homicidios que padece el país, pero también en resabios sistémicos, estructurales y culturales del arraigado patriarcado machista de nuestra sociedad.

Preso de su narrativa propagandística, Andrés Manuel López Obrador desconfía de cualquier proceso de cambio que no emane de la voluntad presidencial y no requiera de la derrota de sus adversarios, a quienes liga con intereses inmorales de un pasado de privilegios que, supuestamente, ya quedó atrás. Eso explica que se sienta amenazado por un movimiento que se está organizando desde abajo, que no es controlable desde el poder y que ha generado una inusitada empatía y respaldo en muy diversos ámbitos y más allá de diferencias políticas.

Los partidos políticos tienen como objetivo constitucional representar causas sociales, serían omisos si no se pronunciaran, propusieran y participaran en encontrar soluciones al grave problema de la violencia de género junto con la sociedad civil y en comunicación con los distintos poderes. Que se sumen a una iniciativa ciudadana como el Paro de mujeres es algo que debe saludarse, pues para que no quede la indignación en catarsis tiene que traducirse en políticas públicas y cambios legislativos.

Cierto que sería oportunista que algún partido pretendiera encabezar la protesta, pero no es el caso,  y resulta mezquino querer marginar e impedir a dirigentes y militantes femeninas dar esa crucial batalla por cuestiones ideológicas, pues el reto es de tal magnitud y apremio que rebasa a cualquier facción, así esté en el poder.

De la misma manera debe aplaudirse que instituciones, organismos, empresas, universidades, etc., se solidaricen con el paro y otorguen facilidades a las mujeres que, libremente, decidan participar.

La unidad en torno a una causa es valiosa y le da fuerza. Descalificar movimientos sociales por los respaldos que concita, acusando que estos generan el conflicto por intenciones aviesas, es un pernicioso recurso diazordacista que termina por abrir paso a la represión y la violencia. Ya vimos a simpatizantes del gobierno en turno agredir a víctimas que llegaron a manifestarse al Zócalo con Javier Sicilia y los hermanos LeBarón.

Sin duda que el feminismo ha sido fundamental para visibilizar la violencia de género y la iniciativa del Paro de mujeres viene de sus filas, pero el éxito de la propuesta se expresa en que muchas que no se reivindican como tales se sientan convocadas y vayan a participar sin sectarismos.

Y es que el acosador y el feminicida no van a preguntar por quién votaron sus víctimas o si están a favor del derecho a decidir. A los hombres nos toca observar, respaldar y aprender con disposición a cambiar.

Mucho puede hacerse para prevenir y combatir la violencia contra las mujeres. Sería formidable que se aproveche el impulso y en escuelas, centros de trabajo, plazas y otros lugares del espacio público se abran canales de diálogo para escucharnos. La transformación de mentalidades no se decreta ni se impone, primero debe interiorizarse por medio del convencimiento.

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