Lilia, la voz femenina que ha susurrado al poder
Su vida es también la de miles de mujeres migrantes que han debido reinventarse lejos de casa.
Desde que la conocí, supuse que su vida sería interesante. Llena de historias y secretos que muchos desearíamos saber, pero que muy acertadamente los guarda para sí misma porque su ética y disciplina los cumple a raja tabla. Lilia Rubio, es una de esas historias femeninas que se han abierto camino en uno de los círculos más cerrados del poder: la Presidencia de la República.
Nacida en Tequesquitlán, Jalisco, Lilia Rubio ha pasado más de tres décadas “susurrando” al oído del poder. Así la conocí, en las diferentes giras presidenciales y eventos en los que constaté que, sin reflectores propios, pero en primera fila, participa interpretando del español al inglés y viceversa.
Su trabajo suma ya a siete titulares del Ejecutivo federal, que comenzó desde la administración de Carlos Salinas hasta la presidenta Claudia Sheinbaum, atravesando negociaciones, crisis económicas y encuentros diplomáticos que han marcado el rumbo nacional e internacional.
Gracias a lo que ella llama, “hablar ajeno”, ha presenciado episodios que forman parte de la memoria contemporánea como las reuniones, donde funcionarios, sociedad civil y firmas, discutían lo que sería el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) y 25 años después interpretar en las negociaciones para remplazarlo con el Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
La decisión del expresidente estadunidense, Bill Clinton, de otorgar un préstamo de 20 mil millones de dólares a Ernesto Zedillo en 1995 para enfrentar la crisis financiera; la cena de Estado ofrecida por la reina de Reino Unido, Isabel II a Enrique Peña Nieto en el Palacio de Buckingham; o el primer encuentro entre Andrés Manuel López Obrador con Donald Trump y Joe Biden en la Casa Blanca, son en resumen algunos de los muchos eventos en donde ha estado presente.
Sin embargo, más allá de los nombres y los escenarios, la trayectoria de Rubio es una historia de perseverancia femenina. Hija de campesinos, creció entre la pobreza y la migración: de Tequesquitlán a Tijuana, y de ahí a Utah en 1962. Su vida es también la de miles de mujeres migrantes que han debido reinventarse lejos de casa. Regresó a México a los 20 años, con apenas 100 dólares en la bolsa, para abrirse paso en la Ciudad de México de los años 70.
Se formó en teatro, incursionó en el periodismo y viajó por Sudamérica antes de consolidar una carrera de casi cinco décadas como intérprete. En un ámbito donde la discreción es ley, su ética se convirtió en su mayor capital. “Mi único boleto es mi disciplina y mi respeto”, ha dicho. Esa ética —afirma— es la que le ha permitido mantenerse en el corazón de negociaciones complejas sin traicionar confidencias.
Apenas el año pasado, decidió hacer algo distinto: dejar de traducir la voz de otros para escribir la propia. En su libro autobiográfico Mi voz, Rubio recorre su historia familiar desde 1925, la guerra cristera, la migración, la pobreza, la formación artística, su paso por el periodismo y su trayectoria profesional. Es, en esencia, un acto de afirmación personal.
En el contexto del Día Internacional de la Mujer, Mi voz adquiere un significado especial. No es sólo la memoria de una intérprete; es el testimonio de una mujer que ocupó espacios históricamente vedados y que demuestra que el poder también puede escucharse en femenino. Rubio rechaza títulos grandilocuentes: “No soy generala ni capitana. Soy soldadera”, dice. Y en esa definición hay una declaración de principios.
Su historia nos recuerda que las mujeres no sólo han estado presentes en los grandes momentos políticos del país: los han traducido, los han sostenido y, muchas veces, los han hecho posibles. Este 8 de marzo, la trayectoria de Lilia Rubio es un recordatorio de que encontrar la propia voz —y ejercerla— también es una forma de transformar la historia.
