"El maíz es de muchos granos… y el maíz también es negro.” Con esa frase, Enid Azucena Torres Agustiniano, electa diosa Centéotl para presidir los festejos de la Guelaguetza, recordó una verdad que Oaxaca conoce desde hace siglos: su mayor riqueza está en la diversidad de los pueblos que le dan identidad. Durante julio, en la Guelaguetza, esa pluralidad deja de ser un concepto para convertirse en una experiencia visible en cada delegación, lengua, danza y comunidad que comparte su herencia cultural.
La metáfora es poderosa. El maíz, origen de la vida para los pueblos mesoamericanos, existe en múltiples colores: blanco, amarillo, rojo, azul y negro. Ninguno desplaza al otro; todos forman parte de la misma milpa. Lo mismo ocurre con Oaxaca. Su identidad no puede entenderse desde una sola raíz. Es el resultado del encuentro de pueblos indígenas, afromexicanos y mestizos que, generación tras generación, han construido una de las expresiones culturales más ricas del país.
En ese contexto adquiere un significado especial la elección de Enid Azucena, descendiente de la comunidad afromexicana en recibir el nombramiento de diosa Centéotl, figura que preside las celebraciones de la Guelaguetza. Su nombramiento pone de relieve una dimensión de la identidad oaxaqueña que siempre ha estado presente y que hoy encuentra una mayor visibilidad en el espacio público.
Por eso cobra especial fuerza otra de sus expresiones: “Como mujer afromexicana éste no es un título, es una responsabilidad”. En tiempos en los que los reconocimientos suelen medirse por la atención que generan, Enid recordó que la representación implica, antes que cualquier otra cosa, servicio, conocimiento de las tradiciones y compromiso con la comunidad.
Su mensaje también invita a mirar la diversidad desde una perspectiva distinta. “Todos los días llevaré con orgullo este cetro que recuerda que las mujeres también podemos, no importa la etnia, físico o cuerpo; vivimos en una misma lucha todas y todos”. No se trata de borrar las diferencias, sino de reconocer que forman parte de una identidad compartida y enriquecen el patrimonio cultural de Oaxaca.
Quizá una de las reflexiones más significativas es cuando afirma que “La diosa Centéotl no es un adorno para el turismo”. Tiene razón. Reducir esta figura a un elemento folclórico sería desconocer el sentido que le dio origen. La diosa Centéotl no representa un ideal estético; encarna el conocimiento de las tradiciones, la preservación de las lenguas, la memoria de los pueblos y la responsabilidad de transmitir ese legado a las nuevas generaciones.
Las comunidades afromexicanas de la Costa de Oaxaca han formado parte de esa historia durante siglos. Su presencia puede encontrarse en la música, las danzas, la gastronomía, las expresiones religiosas y las formas de organización comunitaria que enriquecen el patrimonio cultural del estado. La elección de Enid no crea esa realidad; la hace más visible y contribuye a que la narrativa para que Oaxaca refleje con mayor amplitud la diversidad que siempre la ha caracterizado.
Su mensaje inaugural resume también el espíritu de la Guelaguetza: “La Guelaguetza se trata de dar y recibir; juntos podemos caminar con respeto y armonía. Necesitamos del cuidado, amor y cariño de nuestra tierra y comunidad”. Ahí está la esencia de una celebración que trasciende el espectáculo para reafirmar los valores de reciprocidad, solidaridad y pertenencia que distinguen a los pueblos oaxaqueños.
Oaxaca nunca ha estado en la uniformidad, sino en la convivencia de culturas que, como los distintos colores del maíz, comparten una misma tierra. ¡Viva la Guelaguetza!
