¡Ya son mil días!

Hoy hago la misma pregunta, ¿qué vamos a hacer? No seamos meros espectadores ni nos lamentemos por nuestra aparente impotencia. Cualquier acción, por pequeña que sea, suma. La peor decisión es dejar que nos roben la esperanza, cayendo en la indiferencia. La esperanza no es un verbo pasivo; nos impulsa a actuar, y en esa acción encontramos respuestas

Aunque el tiempo parece transcurrir rápidamente, hoy me detengo al escuchar que el conflicto entre Rusia y Ucrania ha alcanzado ya mil días. Son casi 33 meses, 24 mil horas, más de un millón 400 mil minutos. Un tiempo excesivamente largo, marcado por sufrimiento, muerte, odio, venganza, disputas políticas y económicas. Un tiempo en el que las redes sociales han sido testigos de ríos de opiniones, mientras la guerra sigue sin tregua. Segundo a segundo, la vida de una persona pende de un hilo.

La guerra es la mayor de todas las miserias; empeora todo a su paso. Si el objetivo de la política es el bienestar común, la guerra representa un fracaso político absoluto. A veces parece que la humanidad ha olvidado las lecciones del pasado. Hemos estudiado las consecuencias devastadoras de las guerras mundiales, los horrores aún vigentes en Hiroshima y Nagasaki, y escuchado los gritos de paz en tantas sociedades.

  • ¿Por qué la guerra, si anhelamos la paz? No tengo una sola respuesta, porque las causas son múltiples. Sin embargo, sé que la paz que deseamos empieza por nosotros mismos. Si la paz es violada, ultrajada y pisoteada, debemos levantarla de nuevo, primero en nuestro interior, luego en nuestras familias, y finalmente en los lugares donde vivimos y trabajamos. Estas semillas de paz, al multiplicarse, pueden generar un impacto fértil, significativo.

La paz, incluso la interior, no es fácil de alcanzar. Es el resultado de un esfuerzo constante, no un objetivo que se logre sin más. La paz es artesanal; se construye día a día con trabajo, amor, solidaridad, y la capacidad de querernos mutuamente. Nuestras acciones y gestos cotidianos son ladrillos en esa edificación, porque el auténtico constructor de paz es aquel que da el primer paso hacia el otro. Esa es la verdadera fuerza de la paz.

No permitamos que la lógica perversa de la guerra nos contagie; no caigamos en la trampa de odiar al enemigo. Situemos la paz en el centro de nuestra visión del futuro y hagámosla el objetivo de nuestras acciones, ya sean personales, sociales o políticas. Desactivemos los conflictos a través del diálogo.

  • Aquellos que tienen el poder de detener la guerra deben actuar, y nosotros debemos exigirlo. Los gobernantes han de escuchar el clamor de los pueblos. Aunque el grito de la guerra parezca apagarse, no debemos acostumbrarnos a ese silencio. Este grito no puede ser sofocado. Al contrario, ganará fuerza si sembramos la paz a nuestro alrededor y resistimos la polarización que amenaza con dividirnos.

Julián Marías se preguntaba: “¿Qué vamos a hacer?” y no “¿Qué va a pasar?”. Hoy hago la misma pregunta, ¿qué vamos a hacer? No seamos meros espectadores ni nos lamentemos por nuestra aparente impotencia. Cualquier acción, por pequeña que sea, suma. La peor decisión es dejar que nos roben la esperanza, cayendo en la indiferencia. La esperanza no es un verbo pasivo; nos impulsa a actuar, y en esa acción encontramos respuestas.

El papa Francisco ha recordado, una vez más, que “la paz está en el corazón de las religiones”. Sin embargo, esa paz sigue siendo rechazada y humillada en demasiados rincones del mundo, mientras su clamor es ahogado por la retórica de la guerra, el odio y la indiferencia. A pesar de ello, el Pontífice insiste en que este llamado no puede ser acallado. Es un grito que nace del corazón de las madres, que se refleja en los rostros de los refugiados, en las familias que huyen de la violencia, en los heridos y los moribundos. Este grito silencioso asciende al cielo, sin contar con fórmulas mágicas para resolver los conflictos, pero con el legítimo derecho de exigir paz en nombre del sufrimiento acumulado. Un clamor que merece ser escuchado con atención y respeto, sobre todo por quienes tienen la responsabilidad de liderar y tomar decisiones.

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