La agrupación terrorista chiita Hezbolá ha trabajado a lo largo de más de dos décadas para convertirse en un Estado dentro del Estado libanés, con la fuerza suficiente como para determinar el destino de ese pequeño país en el entorno de Oriente Medio. El factor fundamental que ha permitido ese encumbramiento ha sido el régimen iraní de los ayatolas, el cual, en función de las identidades religiosas compartidas, se ha encargado de nutrirlo a lo largo de todo ese tiempo mediante enormes recursos económicos y el abasto de arsenales armamentistas de gran calado. El objetivo fundamental de esa alianza ha apuntado no sólo a ser el poder hegemónico en Líbano, sino sobre todo a estar en posibilidad y capacidad de combatir y destruir al Estado de Israel.
En el abigarrado mosaico étnico y religioso que es Líbano, la población chiita constituye un segmento equivalente a la tercera parte de la población total. La lealtad de dicho sector hacia Hezbolá no nace únicamente de las afinidades religiosas, sino también de que la organización ha fungido como proveedor de servicios sociales diversos y beneficios económicos para su público, de manera tal que existe una relación clientelar inocultable entre ellos. El carácter vertical y autoritario de la cúpula de Hezbolá ha sido también eficiente en la eliminación de la disidencia interna, reprimida y censurada con violencia cuando ha intentado cuestionar la conveniencia de la relación Hezbolá-Irán para los intereses de la ciudadanía común.
Sin embargo, a partir de esos últimos dos años y medio, desde que Hezbolá se lanzó a la confrontación bélica abierta contra Israel, primero en apoyo al Hamás palestino tras los acontecimientos del 7 de octubre de 2023, y después como fuerza proxy de Irán al inicio de la guerra de EU e Israel contra el régimen de Teherán, la lealtad y aprobación popular a Hezbolá han empezado a dar muestra de un resquebrajamiento importante. Y no es para menos: las condiciones de vida de la población chiita mayormente asentada en el sur están pasando por una crisis monumental. Cerca de un millón de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares y huir hacia el norte convirtiéndose en desplazados internos, apiñados en refugios que no cuentan con las condiciones sanitarias y de seguridad mínimas. Ni el Estado libanés ni Hezbolá han tenido la capacidad de responder al desafío de una situación como ésa.
El descontento se percibe en las redes sociales donde con mucha frecuencia, y en tonos cada vez más indignados, se califica a la crisis como producto de “la guerra en apoyo a Irán” a la que se culpa de los graves infortunios de la población desplazada. Además, ha aumentado la presencia de movimientos populares, antes poco relevantes, pero que ahora se están atreviendo a cuestionar el monopolio del poder político que Hezbolá ha ejercido desde hace tantos años. Algunos de estos movimientos responden a los siguientes apelativos: Movimiento de autoliberación, Corriente por el cambio en el sur, Hacia la salvación, Chiitas contra la guerra y No a la ocupación iraní. Los activistas de las mencionadas organizaciones se han atrevido a expresar su frustración y oposición a ser arrastrados a lo que ellos califican como un conflicto ajeno, al servicio de Irán y con un alto precio que pagar por sus comunidades.
Una postura también enfática ha sido la de líderes tribales chiitas en el Valle del Beqaa y la región del Hermel, antes baluartes del Hezbolá, pero que ahora han declarado públicamente que el gobierno central libanés y sus instituciones deben fungir como la única autoridad en el país y que la lealtad nacional debe estar dirigida únicamente hacia el Estado libanés. Aunque no se atreven a exigir el desarme de Hezbolá han manifestado un apoyo a las políticas del presidente Joseph Aoun. Todo esto representa una postura sin precedentes que por primera vez en muchos años se atreve a manifestarse contra la tiranía de Hezbolá.
Por último, tras la captura israelí del castillo de Beaufort el 31 de mayo y la declaración de Israel de pretender profundizar su ofensiva, docenas de los líderes de Tiro y Nabatieh han llamado a declarar a sus ciudades como zonas libres de armas, lo cual indica una firme voluntad popular de que Hezbolá disuelva su estructura militar de ahí a fin de protegerlas de los avances del Estado hebreo y evitar así que la población civil pase a cumplir el rol de escudos humanos. Es cierto que el Estado y el pueblo libanés están todavía lejos de escapar de las garras de Hezbolá, pero aun así, es evidente que se están registrando cambios importantes que no deben perderse de vista.
