Volver a ser aprendiz

Cada inicio de curso tiene algo de ritual. Los salones vuelven a llenarse, comienzan nuevas materias, aparecen libros por leer y profesores y alumnos recuperan esa mezcla de entusiasmo e incertidumbre que acompaña siempre a un nuevo comienzo. Durante estos días hablamos mucho de quienes regresan a estudiar, de lo que necesitarán aprender y de las competencias que deberán desarrollar para enfrentarse a un mundo que cambia rápidamente. Sin embargo, este año me he quedado pensando en una pregunta distinta: ¿en qué momento los adultos dejamos de considerarnos aprendices?

Durante mucho tiempo organizamos nuestra vida alrededor de una secuencia aparentemente natural: primero estudiábamos, después comenzábamos a trabajar y, finalmente, utilizábamos durante décadas aquello que habíamos aprendido. La educación pertenecía, fundamentalmente, a los primeros años de la vida, y el título universitario parecía marcar, de alguna manera, el final de nuestra etapa formativa. Ese mundo está desapareciendo. Hoy, los conocimientos se actualizan a una velocidad extraordinaria, surgen herramientas que modifican profesiones enteras y muchas de las capacidades que necesitaremos dentro de 10 años apenas comienzan a desarrollarse.  

Esto suele plantearse como un problema de actualización profesional. Y, ciertamente, lo es. Todos tendremos que adquirir nuevas competencias, comprender tecnologías que todavía no dominamos y probablemente reinventar algunas veces nuestra manera de trabajar. Pero pienso que el verdadero desafío es más profundo. Aprender algo nuevo no consiste solamente en incorporar información; exige estar dispuesto a reconocer que aquello que sabemos puede ser insuficiente. Por eso, seguir aprendiendo es también un ejercicio de humildad.

Hay una palabra que me gusta especialmente para describir esta disposición: ser enseñables. No significa carecer de convicciones ni vivir permanentemente dudando de lo aprendido. Tampoco supone despreciar la experiencia, que sigue siendo una de nuestras grandes fuentes de conocimiento. 

Ser enseñable significa conservar la apertura necesaria para que la realidad todavía pueda sorprendernos, corregirnos y enriquecernos. Significa poder sentarnos nuevamente frente a algo que desconocemos sin sentir que nuestra experiencia, nuestra edad o nuestra posición nos obligan a tener todas las respuestas.

Quizá esto resulte especialmente difícil cuando alcanzamos ciertas responsabilidades. Con los años acumulamos conocimientos, experiencia y, afortunadamente, algunas certezas. Otros comienzan a acudir a nosotros buscando respuestas y, poco a poco, podemos acostumbrarnos a ocupar el lugar de quien enseña, dirige o aconseja. El riesgo aparece cuando confundimos la experiencia con haber terminado de aprender.

Por eso, quizá una de las grandes competencias del futuro no sea simplemente saber más, sino conservar la capacidad de aprender mejor. Y esto tiene consecuencias importantes para nuestras universidades. Si el conocimiento deja de concentrarse en una sola etapa de la vida, la educación tampoco puede terminar el día de la graduación. Necesitaremos universidades capaces de acompañar a las personas durante distintas etapas de su trayectoria, pero también comunidades académicas en las que quienes enseñamos sigamos estudiando, preguntando y dejándonos interpelar por aquello que todavía no comprendemos. 

Hay, además, algo profundamente esperanzador en esta manera de entender la vida. Si siempre podemos aprender, significa también que nunca estamos completamente terminados. Podemos adquirir una habilidad después de muchos años, descubrir un autor que transforme nuestra manera de pensar, aprender de una persona que acaba de comenzar su carrera, cambiar de opinión después de escuchar un buen argumento o reconocer que llevábamos años haciendo algo de una manera que podía hacerse mejor. Seguir siendo aprendiz significa concedernos la posibilidad de crecer durante toda la vida.

Tal vez por eso deberíamos recuperar aquella actitud con la que alguna vez llegamos por primera vez a un salón de clases: la curiosidad de quien todavía no sabe, la capacidad de preguntar sin avergonzarse, la disposición para equivocarse y volver a intentarlo.

Comienza un nuevo ciclo académico y miles de jóvenes vuelven a las aulas. Tendrán mucho que aprender durante los próximos meses. Pero quizá quienes llevamos algunos años fuera de ellas también podríamos asumir una tarea para este curso: volver a ser aprendices. Porque, en un mundo que cambia constantemente, probablemente no llegará más lejos quien haya acumulado todas las respuestas, sino quien conserve durante toda la vida la humildad, la curiosidad y la valentía necesarias para seguir haciendo preguntas.

Y quizá ésa sea una de las formas más bonitas de permanecer jóvenes, seguir descubriendo que todavía tenemos mucho que aprender.