Los gatos de la Cuauhtémoc

Sus ancestros llegaron desde Aquitania, en aquel malhadado viaje por los años de 1860. Se instalaron en el Palacio y se dispersaron por todo el territorio nacional. Hoy están divididos en 32 cuadras para conservar sus tradicionales habilidades. Son muy apreciados por sus buenos oficios.

Llegó el día. Ya no hay momento para la serenidad. Maúllan sin parar y, en medio del escándalo, se perciben muchas emociones. La incertidumbre reina y no saben si es estrategia o desastre. Que hay pleito en las alturas. Que no han encontrado nada y son infundios. Que hay carpetas y que es un desafío. Que se lo llevarán, que mejor se resguarde.

Desde el techo, uno lo miró. La nube negra que cubrió su impoluta reputación ahí sigue. Y todos simulaban que no. Se escucha intermitentemente un maullido estremecedor al otro lado del río. Desde el sur, un rumor corre con rabia.

Mancharon a un pequeño intocable y no se puede dejar pasar. Además, hay amenazas de rayos y truenos que estremecen. Que regrese si no hay pecado. ¡No! Eso es imprudencia. Que se vaya para siempre. Desapareces por un rato, acordaron. Y el interfecto regresó, arrastrando su larga y negra sombra, pero con la frente en alto.

En Palacio comenzó a sonar un frenético y secreto mensaje. Reprueben la torpeza. Y, poco a poco, los maullidos se sincronizaron. Al atardecer le tronaron los dedos señalando la salida y él pegó la carrera. La luna alumbraba el patio de Palacio y, repentinamente, el silencio se apoderó de la noche.

En una cuadra, al sur, otro gato caminaba lento, pegado a las paredes. A pesar de la vergüenza por la derrota, el acelerado sigue en pie de lucha. No se dará por vencido. Silenciosamente, busca aliados. ¡Cuidado! Ésos son despiadados. Otro fuerte rumor. Las fuerzas armadas alistan sus herramientas. Pero no están todos. Y se les escapó dos veces el Lako. La angustia se desborda y la desesperación grita pidiendo desaparición de los poderes.

 Los gatos del Palacio ven la jerga nueva, marca soberanía, que ha quedado hecha jirones. Trapalear con ella para detener acusaciones ya no sirve. Todavía hay un ferviente admirador de esa palabruja. Sería capaz de arriesgarse a salir de su madriguera para defenderla. Aunque sospecha que no tendrá muchos seguidores, ya no hay lana en las arcas para ayudas. Sigue tramando cómo detener acusaciones.

Un gato negro se conduele de la pequeña sustituta. Quitapón, cual tapa de refresco de los años 80. Obediente, servicial y sonriente. ¡Fuera!, le gritaron. Y, obediente, servicial y sonriente, se fue sin entender. Con todo, agradece y asegura que lo volvería a hacer. No tiene remedio. Y, como ella, muchas y muchos, prefieren ser tapón de rosca.

Cada uno de quienes tienen a su cargo una cuadra tuvo una causa para darle la espalda al imprudente. Desde el terror de enojar a los vecinos del norte y que los persiga, hasta el quedabién con quien dio la orden de retirada. Y eso lo entiende hasta el más flaco. Los gatos siguen confundidos.

Si el que entró y salió del despacho termina sus días en una crujía de aquí o de allá, será señal de que ya es imposible proteger a todas y todos. ¿Habrá que sacrificar a varios para conservar la mayoría? ¿Quiénes estarán en esa lista? ¿Las y los que sus nombres inician con A?

Los gatos insisten en que ya está la de 17, que serán felices en 2027 y dará idea si aquí decidieron o si fue más allá de las montañas azules. Los presagios continúan. La guerra del barrio, también. Pretenden detener el desorden y las venganzas sangrientas. ¿Por qué hasta ahora? ¿Por qué se fue el imprudente? ¿Alinearon a la recién nombrada? ¿Será suficiente? El maullido se interpreta como una negativa. Son muchos las y los implicados incrustados en varios niveles de poder, y millones más las y los temerosos. Se respira miedo y angustia.