Volver al corazón

¿Qué entendemos por corazón? La Biblia lo describe como un núcleo “detrás de todas las apariencias”, un lugar donde no importa lo que mostramos ni lo que ocultamos: ahí somos nosotros mismos. Las grandes preguntas de la vida ¿qué sentido quiero darle a mi existencia? ¿qué acciones y decisiones me definen? ¿quién soy yo y quién es Dios? conducen siempre al corazón.

Vivimos en un mundo que nos empuja a ser consumistas insaciables y esclavos del mercado. Un entorno donde la polarización impregna el aire y la intoxicación de las redes sociales nos envuelve. Ante este panorama, rescato las palabras del papa Francisco en su más reciente encíclica, en la que nos invita a volver al corazón. Aunque el Papa se refiere al corazón de Cristo como un sitio inagotable de ternura, amplío la idea para invitar a un regreso al propio corazón: ese espacio donde nuestro pasado, presente y futuro se entrelazan; donde meditamos nuestras decisiones y definimos a quiénes amamos y a quiénes no. ¡Cuánta riqueza hay en cada corazón!

Al pensar en el corazón, nos viene a la mente la imagen de un músculo delicado que marca el final de la vida: cuando el corazón deja de latir, la vida se apaga. Sin embargo, más allá de su función física, hablamos del corazón en un sentido simbólico, como la sede de nuestras emociones y sentimientos. Puede que su ubicación filosófica sea discutible, pero es una experiencia universal reconocerlo como el centro de nuestra vida espiritual, afectiva y moral. Un autor contemporáneo lo expresó con humor: “siento dolor de muelas en el corazón”, porque es natural sentir allí tanto alegría como dolor.

  •  

Entonces, ¿qué entendemos por corazón? La Biblia lo describe como un núcleo “detrás de todas las apariencias”, un lugar donde no importa lo que mostramos ni lo que ocultamos: ahí somos nosotros mismos. Las grandes preguntas de la vida ¿qué sentido quiero darle a mi existencia? ¿qué acciones y decisiones me definen? ¿quién soy yo y quién es Dios? conducen siempre al corazón.

Charles de Foucauld, incluso, resaltaba la importancia de contemplar el corazón como un espacio sagrado. Para él, esta práctica deviene en una fuente de amor que nos impulsa a vivir en fraternidad y a expresar ese amor en actos concretos de servicio, especialmente hacia los más vulnerables. Así, el corazón se convierte en un puente que une la espiritualidad con la acción, guiando nuestras relaciones y compromiso con los demás.

El materialismo y el modernismo han preferido conceptos como razón, voluntad o libertad, dejando poco espacio para el corazón, ese centro unificador que representa el amor. Pero nuestra identidad humana, la que nos hace únicos, se reconoce en el corazón: “yo soy mi corazón”. Este corazón espiritual estructura quiénes somos y cómo nos relacionamos con los demás. Es el corazón el que forja vínculos auténticos, sana heridas y da sentido a nuestras conexiones. Lo que no se construye con el corazón es efímero y no puede superar la fragmentación del individualismo.

El corazón, con su capacidad de sentir y conectar, es el único lugar desde donde podemos cambiar, definirnos y amar verdaderamente. La necesidad de amar siempre ha sido esencial, tanto para jóvenes como para mayores. Sin embargo, buscamos respuestas a estas inquietudes en lugares externos: en una cultura superficial llena de eslóganes edulcorados, que a menudo teme al compromiso y rechaza los vínculos profundos.

Para ser realmente libres, necesitamos historias que nos muestren que los vínculos no son cadenas, sino conexiones. Este mensaje se halla en el viaje profundo hacia nuestro interior. En la película Titanic, hay una escena que ilustra esta idea: tras recordar los eventos pasados, la protagonista dice: “Hay muchas cosas en el corazón que no saldrán en esta conversación”. Así es nuestro corazón: un baúl de secretos que sólo nosotros conocemos, donde se guarda lo más valioso y lo más oscuro de nuestro ser. Ahí se ha tejido nuestra vida cotidiana y nuestras creencias más profundas. Ahí es donde verdaderamente habitamos.

El corazón tiene ojos y manos simbólicos para expresar ternura. Como dice el adagio: “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”. Alimentemos este corazón, exploremos sus secretos y depositemos en él nuestros deseos de bien, nuestros miedos y dudas. Si viajamos regularmente a nuestro corazón, nuestras emociones se purifican, nuestras debilidades se fortalecen y nuestros amores se vuelven más sólidos.

Temas: