En el mundo universitario hemos aprendido a celebrar el cambio. Hablamos de transformación, innovación, nuevas tecnologías, modelos educativos y competencias para el futuro. Nos preguntamos constantemente qué debemos incorporar, qué procesos necesitamos modificar y qué tendencias no podemos permitirnos ignorar.
Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿a qué deberíamos decir que no?
La pregunta puede parecer incómoda en una época en la que innovar se ha convertido casi en una obligación. Se espera que las universidades respondamos con rapidez a las demandas del mercado, adoptemos nuevas tecnologías, ampliemos nuestra oferta académica y demostremos permanentemente nuestra capacidad de adaptación. En ese contexto, detenernos a cuestionar una iniciativa puede interpretarse como falta de visión o resistencia al cambio.
Sin embargo, no toda transformación representa necesariamente un avance. Una institución puede modernizar sus procesos, multiplicar sus proyectos y ampliar sus actividades sin que ello signifique que está cumpliendo mejor su misión. Incluso puede suceder lo contrario: que el esfuerzo por responder a todas las expectativas termine debilitando aquello que la hace valiosa.
Creo que uno de los mayores desafíos del gobierno universitario consiste precisamente en distinguir entre las oportunidades que debemos aprovechar y aquellas que, aun siendo atractivas, no nos corresponde perseguir.
Esto exige reconocer una diferencia fundamental entre adaptarse y dejarse arrastrar. Adaptarse supone comprender el entorno y tomar decisiones conscientes. Dejarse arrastrar significa permitir que las circunstancias, las tendencias o las expectativas ajenas terminen definiendo nuestras prioridades.
La identidad institucional adquiere aquí una importancia decisiva. Con frecuencia hablamos de ella como aquello que debemos conservar. Pero quizá su función más importante sea ayudarnos a decidir. Una identidad verdaderamente asumida no es un catálogo de tradiciones ni una declaración que repetimos en los documentos oficiales. Es un criterio que orienta las decisiones difíciles, especialmente cuando existen varias alternativas razonables y no podemos elegirlas todas. Porque gobernar también significa renunciar.
Renunciar a proyectos interesantes para concentrar nuestros esfuerzos en otros más importantes. Reconocer que una iniciativa exitosa en otra institución no necesariamente responde a nuestras necesidades. Aceptar que ciertos cambios requieren tiempo, aunque exista presión por mostrar resultados inmediatos. Y, en ocasiones, tener la valentía de abandonar prácticas que forman parte de nuestra historia cuando han dejado de contribuir a nuestra misión.
Esta última cuestión es igualmente importante. Defender la identidad no significa justificar todo lo que hemos hecho siempre. La fidelidad institucional no puede confundirse con inmovilidad. Hay estructuras, procesos y costumbres que deben transformarse precisamente para preservar aquello que les dio origen.
Por eso, la verdadera tensión no está entre tradición e innovación, sino entre actuar con criterio o hacerlo por inercia. Podemos innovar por imitación y conservar por costumbre. En ambos casos, habremos renunciado a preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos.
El discernimiento institucional exige algo más difícil que identificar tendencias: requiere establecer prioridades, reconocer límites y asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Supone aceptar que los recursos son finitos, que el tiempo de las personas también lo es y que cada nuevo proyecto implica, inevitablemente, dejar de dedicar atención a otro.
En este sentido, quizá debamos revisar nuestra manera de entender el éxito institucional. Una universidad no es necesariamente mejor porque haga más cosas. Tampoco porque sea la primera en adoptar cada innovación. Su fortaleza se manifiesta en la coherencia entre aquello que declara importante y las decisiones que efectivamente toma.
Esa coherencia no siempre produce resultados inmediatos ni titulares llamativos. A veces se expresa en decisiones discretas: preservar un espacio de formación que no genera grandes beneficios económicos, sostener una línea de investigación cuyos frutos tardarán años en llegar o dedicar recursos al desarrollo de profesores cuando existen alternativas más visibles. Son decisiones que difícilmente se explican desde la lógica de la novedad inmediata, pero que pueden resultar fundamentales para el futuro de una institución.
Las instituciones que perduran no son aquellas que permanecen intactas. Son las que aprenden a cambiar sin volverse irreconocibles. Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente cuánto estamos innovando y comenzar a preguntarnos si estamos innovando en la dirección correcta.
Porque el futuro de una universidad no depende únicamente de su capacidad para decir que sí a lo nuevo, sino también de su libertad para decir que no a aquello que la aleja de su misión.
