Por favor, ¡no seamos los mismos!
La trillada nueva normalidad no sea únicamente un tema sanitario, sino que nos traiga real austeridad, enseñándonos a poner límites a nuestro deseo de poseer, y dándonos la opción de poseernos, encontrarnos, ser libres, buscar el bien y transmitir paz.
Por poco conocimiento que tengamos de la historia universal, podremos fácilmente encontrar batallas, luchas, desavenencias y desacuerdos en cada etapa, como si la guerra fuera el latido firme y continuo que marca el ritmo de nuestro recorrido. Es contradictorio que, aunque cada persona en particular anhela la paz, en macro, a nivel social encontramos continuamente maneras de gestar enfrentamientos bélicos.
No con la visión de la estudiosidad histórica, sino gracias a los medios de comunicación, desde hace dos semanas hemos podido seguir de cerca y con gran dolor los sucesos de Afganistán y los últimos desastres naturales.
Esta vez no son nuestros padres o abuelos quienes nos acercan esos mundos problemáticos de otrora. Tampoco es la profesora de historia quien nos platica. Hoy, con sólo un par de toques al celular y en todo momento, podemos ver cómo la pandemia y complejas situaciones traen por doquier pérdidas, situaciones de guerra, desarraigo, migración forzada y un penoso etcétera.
Lo sabemos, lo leemos, lo vemos. Nos conmovemos delante del televisor con un plato de comida por delante, porque así es la vida y así somos. Podemos compaginar el dolor y la solidaridad con una serie de televisión, pasamos de una cosa a otra sin encontrar conflicto alguno.
No es mi deseo hacer un juicio de valor, sino sólo relatar lo que sucede y detenerme allí, con el ánimo optimista de que, quizás, puedas tú también detenerte conmigo a cuestionarte: ¿es esto inevitable?, ¿acaso no podemos cambiar?
Creo que nadie puede transformar el mundo entero, pero que sí podemos cambiarnos a nosotros y, de uno en uno, podemos transmitir paz en los demás.
A mi parecer, hay dos formas de hacerlo. La primera es que la trillada nueva normalidad no sea únicamente un tema sanitario, sino que nos traiga real austeridad, enseñándonos a poner límites a nuestro deseo de poseer, y dándonos la opción de poseernos, encontrarnos, ser libres, buscar el bien y transmitir paz.
Y, la segunda forma es ésta: ¿no podríamos rezar más? Es una invitación que hago y me hago ante tantos imposibles. Traigo como compañero de mi invitación el fragmento de un rico texto publicado en el diario ABC de Sevilla y escrito por Miguel Ángel Robles. Bastará una rápida búsqueda por internet para encontrar el escrito completo, pero de él destaco lo siguiente:
“Rezar es la aceptación de tus limitaciones. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad. Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir. Es fragilidad y entereza. Es desconectar y apagar el móvil. Es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es sólo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura. Rezar es razonar, aunque parezca lo más irracional que haya. Es pausa en un mundo excitado. Es calma cuando todo es ansiedad. Y es aburrido en la dictadura de lo divertido. Es un placer oculto, que se reserva para la intimidad. Un acto privado, y casi a escondidas. Rezar es tener fe. Tener fe en la vida, en las personas, en tus amigos, en tus hijos, en tus padres, en Dios. Rezar es un superpoder que nos predispone al bien. Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.”
Tomo de estas palabras grandes ideas. Lo leo y lo releo, queriendo grabarlo. Pienso que sí es posible, que sí podemos cambiar y ser activos practicantes de un mundo mejor. Hoy y ahora intentémoslo: ¡no seamos los mismos! Hoy y ahora, insisto. Hagamos de la reinante inmediatez nuestra aliada para vivir en este instante y ser capaces de responsabilizarnos de que a nuestro alrededor haya paz.
