Nunca nos lo perdonarán…
Una educación que no parte de la búsqueda de la verdad pierde su sentido, y una educación sin sentido se convierte en una mera transmisión de conocimientos que no logran su labor transformadora. No se precisan clases magistrales, se precisan profesores magistrales.
“Si no exigimos a los estudiantes, nunca nos lo perdonarán”. Durante estos días de verano, leí esta frase que, aunque desconozco su autor, reconozco que me cimbró. Recientemente también encontré, en una escuela rural, la leyenda: “Bienvenido a tu segunda escuela, porque la primera es tu casa”. Otro gran impacto. Y, por último, la película Radical, de Eugenio Derbez, fue un tercer golpe de realidad.
Los profesionales de la educación nos jugamos mucho y tenemos en nuestras manos la llave del futuro. Un querido amigo decía que al educar “hay que entrar con temblor a las almas”. El proceso educativo no se limita a modales externos o a transmitir conocimientos que hoy están al alcance de un clic. Educar es transformar vidas. La verdadera formación se descubre en la resonancia que provoca en el interior de cada persona.
Es verdad que se requieren técnicas, metodologías, lógica, voz, preparación y, hoy en día, manejo de la tecnología y uso responsable de la inteligencia artificial. Pero lo más necesario para quienes colaboran en la educación es saberse administradores de un bien espiritual para aquellos quienes los escuchan. La transformación que se da al educar no es un bien material; al ser un bien espiritual, intangible, pero visible por sus resultados, requiere del profesor un esfuerzo por un genuino deseo del bien y amor hacia las personas a quienes se dirige. Cuando una persona se siente querida y respetada, toda enseñanza se convierte en transformación personal. La meta de la educación es, pues, conseguir un saber superior.
El trabajo académico debe buscar tiempo para estudiar e investigar sobre lo que se enseña y debe lograr ilusionar con el saber. La enseñanza es siempre relacional, un encuentro con quienes acuden a las aulas. Este encuentro exige ser dialógico, respetuoso y ha de llevar a crear conjuntamente el saber que se quiere transmitir.
Hoy, los profesores se enfrentan a una nueva manera de pensar y a una nueva época histórica. Los casi 25 años que ha recorrido el siglo XXI han dejado rezagos educativos, y se requiere más que nunca un educador capaz de adaptarse a los tiempos sin ceder a la superficialidad de subvalorar los conocimientos sólidos y optar sólo por los perecederos.
Ser profesor hoy es un reto que requiere, además de pasión, una preparación humana más profunda; se necesitan profesores “expertos en humanidad”. La mente de los estudiantes crece con el contacto y cercanía de grandes mentes. Ortega y Gasset decía: “Cuando una nación es grande, es buena también su escuela”. No hay nación grande si su escuela no es buena.
Precisamente, en el inicio de un nuevo ciclo académico, podríamos detenernos a pensar en el profundo sentido de la educación, que consiste en enseñar a buscar la verdad en cualquier nivel académico. Una educación que no parte de la búsqueda de la verdad pierde su sentido, y una educación sin sentido se convierte en una mera transmisión de conocimientos que no logran su labor transformadora.
No se precisan clases magistrales, se precisan profesores magistrales, en quienes se forje la relación que salvaguarda a la persona en su libre dignidad. Profesores que fundamenten y enseñen una y otra vez que la fecundidad y nobleza de la existencia humana descansan en la grandeza de la verdad. Si la educación olvida esta misión, pierde su sentido; las escuelas se convierten en lugares donde los ejercicios de memoria y las razones sin razón se aprenden por una autoridad distante de una verdadera auctoritas, convirtiéndose en escuelas sin sentido. Las universidades pasan a ser escuelas profesionales con destrezas prácticas, profesionalizantes, dando como resultado un cúmulo de alumnos instruidos, pero no necesariamente los líderes que se requieren.
Volvemos a clases. Repensemos la misión de la educación, no perdamos esa “llave”. Elijamos una vez más la vocación al magisterio y comprometamos nuestras vidas en este proyecto, porque “si no exigimos a nuestros estudiantes, no nos lo perdonarán”, y si no mostramos el arte de la vida, tampoco tendremos disculpa.
