Navidad: el sabor de la esperanza
El nacimiento de Jesús marcó un antes y un después en la historia universal. Hoy, millones de personas celebramos esta fiesta, ya sea con Santaclós o con San Nicolás, como una tradición entrañable o como una verdad religiosa. En cualquier caso, la Navidad tiene un sabor inconfundible: el de la esperanza.
En esta época del año, basta con abrir cualquier plataforma de streaming o encender la televisión para encontrarse con un sinfín de historias navideñas. Al más puro estilo de Hollywood, estas tramas nos muestran cómo surge el amor esperado, se reconcilian familias, se unen comunidades vecinas, y otros relatos que, aunque distantes del significado religioso de la Navidad, reflejan los sentimientos que esta época despierta.
Parece que todos esperamos estas fiestas para cosechar buenos momentos: reunirnos en familia, intercambiar regalos, entonar villancicos y desearnos parabienes. El 25 de diciembre, sin duda, nunca pasa desapercibido.
Un poco de historia sobre esta festividad: hasta el siglo III no hay registros concretos de la fecha del nacimiento de Jesús. Diversos testimonios de padres y escritores eclesiásticos sugieren varias fechas. El primer indicio indirecto de que el 25 de diciembre se celebraba la Natividad de Cristo proviene de Sexto Julio Africano en el año 221. Más adelante, la referencia directa más antigua aparece en el calendario litúrgico filocaliano del año 354. A partir del siglo IV, esta fecha se consolidó como la celebración del nacimiento de Cristo en la tradición occidental. Aunque el significado religioso a veces se diluya en las costumbres modernas, lo que conmemoramos es profundo: el misterio de la Encarnación, la manifestación del amor de Dios y la renovación de la esperanza y la paz en el corazón de los fieles.
El nacimiento de Jesús marcó un antes y un después en la historia universal. Hoy, millones de personas celebramos esta fiesta, ya sea con Santaclós o con San Nicolás, como una tradición entrañable o como una verdad religiosa. En cualquier caso, la Navidad tiene un sabor inconfundible: el de la esperanza.
¿Por qué esperanza? Si observamos el nacimiento de Jesús, pobre y solitario en una gruta humilde de Belén, podría parecer una escena de desesperanza. La imagen superficial resulta sombría. Sin embargo, este nacimiento transforma la oscuridad en luz y nos señala dónde se encuentra la verdadera riqueza. La fe cristiana proclama que el verbo, la palabra de Dios, se hizo carne, se hizo hombre, asumiendo el drama de la historia humana. En la encarnación del hijo de Dios, nuestras fragilidades y sufrimientos cobran un nuevo sentido. Ya no estamos solos, porque él quiso venir a nosotros de la forma más sencilla: como un niño.
San Agustín de Hipona, en su incansable búsqueda de la felicidad, descubrió en un momento de lucidez que ésta se encontraba dentro de él. Así lo expresó: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba. Me lanzaba sobre las cosas hermosas creadas por ti. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti todas las cosas, aunque, si no estuviesen en ti, nada serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste y pusiste en fuga mi ceguera. Exhalaste tu perfume y respiré; suspiré por ti. Gusté de ti y siento hambre y sed. Me tocaste, y me abraso en tu paz”.
Estas palabras reflejan una verdad profunda: Dios está cerca de cada ser humano, de su corazón y de su razón. Como afirmó el obispo de Hipona: “Nos hiciste, señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
¿Quién no ha sentido sed de infinito? ¿Quién no ha buscado una felicidad que las cosas efímeras no logran saciar? La Navidad nos invita a acercarnos a esa felicidad verdadera, a ese Dios que se hace humano y cercano, que habla en el interior de cada uno de nosotros en silencio.
Ese es el verdadero sabor de la Navidad: una alegría que se manifiesta en sentimientos de paz, en deseos de amor, en la esperanza de reconciliación y en el anhelo de perdón. ¡Qué jugosa es la Navidad! Nos brinda la oportunidad de regresar a nuestro origen, de hallar respuestas en el pesebre, donde se ilumina la armonía que tanto anhelamos.
¡Qué bueno que llegó la Navidad! Que no pase desapercibida, porque el momento es ahora. Hoy es el día para sacar del corazón a ese hombre o mujer que desea ser feliz y que puede encontrar, aquí en el pesebre, la plenitud que busca. ¡Felices fiestas de Navidad!
