Mirar “con” el otro

Escuchar requiere esfuerzo y paciencia; es un arte que no se queda sólo en el oído. Se escucha con el lenguaje corporal, con la mirada, con el silencio y, sobre todo, con el corazón. Como decía Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no comprende”.

Hace unos días, durante unas sesiones de trabajo, surgió reiteradamente la riqueza y la complejidad de las relaciones entre personas. Esta hipótesis la comprobamos a partir de un sencillo ejemplo: el proceso de check out en el lugar donde nos hospedamos. Cada quien entendió el procedimiento de manera diferente y surgieron múltiples alternativas sobre un tema en apariencia simple. Si algo tan elemental genera distintas impresiones y maneras de resolverlo ¿qué no sucede en asuntos más profundos?

 Las relaciones humanas suelen apoyarse en un conocimiento superficial; conocemos aspectos exteriores como la manera de hablar, de trabajar, o la apariencia física. Es entendible, entre otros motivos, porque percibimos a los demás como entes externos a nosotros. Además, la posmodernidad y la comunicación impersonal han facilitado objetivar aún más, también al ser humano.

Pero ¿qué pasaría si recordamos que la persona es un sujeto? Sin duda, podríamos mejorar nuestras interacciones con los demás. La persona, entendida como sujeto, posee una interioridad. Hasta que seamos capaces de verla así, desde su núcleo más íntimo y relacionemos sus proyecciones exteriores con la raíz de donde proceden, no podremos conocerlas realmente. Conocer a una persona en su individualidad y singularidad implica comprender su interioridad, su única e irrepetible manera de ser, de ver la vida y de percibir la realidad. Necesitamos acceder a su intimidad para captarla como realmente es.

Siguiendo esta idea, vale la pena leer   Comprensión: habitar al otro de don Francisco Ugarte (ISTMO, 1996), donde explica lo anterior con mayor profundidad. Hay un camino para esta comprensión, una vía que pasa por varias dimensiones. Aquí mencionaré tres accesos, consciente de que son sólo un inicio en este viaje hacia el fondo del otro. Empiezo por la empatía. Ese “sentir con”, cuya raíz griega significa padecer con el otro. “Sentir con” implica sentir al unísono, sentir dentro, lo que demanda entrar en los demás y salir de nosotros mismos para advertir, para estimar desde la posición del otro. Esta empatía facilita el acercamiento y nos inicia en el camino de la otredad.

Al pensar en esto, recuerdo el poema Elegía de Miguel Hernández. Cuentan que el editor corrigió la primera versión del texto, considerando que el autor se había equivocado al escribir “con” y no “a”, en aquella célebre dedicatoria que reza: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, [con] quien tanto quería”. La preposición del poeta de la generación del 27 era, además de correcta, profundamente empática.

Un segundo momento es de orden intelectual y se refiere a ver la vida como la ve el otro, a percibir como percibe el otro. Un error común que limita este “ver desde la perspectiva del otro” son los prejuicios que interpretan comportamientos desde nuestra propia visión. Claro: “Lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente”, señalaba Tomás de Aquino. Esto dificulta la comprensión del otro, pues nos quedamos viendo desde fuera, sin entrar en su mundo. Ver desde la perspectiva del otro no implica adherirnos a su pensamiento, pero sí respetar su visión y abrirnos a las diferencias que siempre enriquecen.

El tercer paso para ser empáticos y ponernos en el lugar del otro es aprender a escuchar. Escuchar con la intención de comprender requiere esfuerzo. Recuerdo la lectura de Momo, un clásico inolvidable de la literatura juvenil de Michael Ende. La protagonista, una niña especial, poseía la maravillosa cualidad de hacer sentir bien a todo aquel al que escuchaba. Admiramos su cercanía porque “sabía escuchar”.

Escuchar requiere esfuerzo y paciencia; es un arte que no se queda sólo en el oído. Se escucha con el lenguaje corporal, con la mirada, con el silencio y, sobre todo, con el corazón. Como decía Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no comprende”.

Estos tres caminos —empatía, ponerse en el lugar del otro y escuchar—, nos permiten entrar en el otro. Ya no es un objeto externo de nuestra atención, sino una persona que, por quien es, se convierte en sujeto de nuestro interés. Así, podemos establecer relaciones profundas y de amistad, donde no sólo miramos “desde” nosotros, sino también “con” el otro.

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