Más allá de cualquier circunstancia

¿Podemos hablar de dignidad en una cultura que la vulnera cada día? ¿Podemos decirlo en medio de sociedades que tratan a la persona como un objeto? ¿Podemos afirmar, entonces, que la dignidad es un valor que debe ser respetado siempre?

El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, reconociendo la dignidad ontológica y el valor único de cada persona en el mundo. Setenta y cinco años después, el papa Francisco, tras cinco años de estudio en el Dicasterio de la Doctrina de la Fe, presenta la Declaración Dignitas infinita. Este texto, revisado y corregido en 2019 con las aportaciones de expertos, ofrece un análisis profundo y original sobre la dignidad de la persona.

Las violaciones a este principio fundamental nos duelen y afectan a todos, sin importar creencias o ideologías. La lectura de este documento nos interpela e invita a defender la dignidad de hombres y mujeres en cada contexto cultural y en cada momento de la existencia, independientemente de distinciones físicas, psicológicas, sociales o morales. Nos muestra que la dignidad es una verdad universal y reconocerla deviene esencial para que nuestras sociedades sean justas, pacíficas y verdaderamente humanas.

¿Podemos hablar de dignidad en una cultura que la vulnera cada día? ¿Podemos decirlo en medio de sociedades que tratan a la persona como un objeto? ¿Podemos afirmar, entonces, que la dignidad es un valor que debe ser respetado siempre?

La Declaración Universal afirma con autoridad que la dignidad es intrínseca y que los derechos humanos son iguales e inalienables para todos los miembros de la familia humana. En este contexto, nosotros, los “de a pie”, podemos afirmar que atentar contra ella es un acto de nuestra libertad y no una negación de su existencia.

La importancia de la dignidad humana se hace evidente ante las injusticias y abusos. Su reclamo prueba su existencia. Pero darle su justo valor implica el buen uso de la libertad. Promoverla exige condiciones económicas, sociales, jurídicas y culturales que pongan a la persona en el centro.

A pesar de las dificultades, el concepto de dignidad ha avanzado en nuestra cultura moderna. Prueba de ello es el deseo de erradicar el racismo, la esclavitud y la marginación; la defensa de las personas discapacitadas, la condena a la tortura y el abuso, la lucha contra la pobreza, los derechos de la mujer, y la atención a los mayores. Muchos de estos temas están en la Agenda 2030 de la ONU que, aunque discutible, confirma su necesidad de atención.

Por si fuera poco, no podemos pasar por alto que la dignidad humana enfrenta nuevos desafíos. Con el vertiginoso avance de la tecnología, surgen preguntas cruciales. La inteligencia artificial, el uso de datos biométricos, el llamado derecho al olvido en internet y la vigilancia masiva son aspectos que requieren nuestra atención. La dignidad no debe ser sacrificada en nombre del progreso tecnológico.

Descanso la pluma un momento antes de continuar, porque me vienen a la cabeza terribles tragedias actuales; la pobreza extrema, la persecución racial o religiosa y la guerra. Parece que existe un doble discurso. Por un lado, el deseo real de derechos humanos basados en la dignidad y, por otro, conductas que la ignoran.

No podemos acostumbrarnos a los ataques a la dignidad humana ni ignorar el constante llamamiento a respetarla. La ONU, la Iglesia y muchos movimientos de otros credos buscan despertar esta verdad. La persona humana tiene un valor intrínseco, por encima de cualquier circunstancia. Esta dignidad no la otorga otra persona, ni un Estado o un gobierno; es su esencia misma. Intrínseco e infinito son adjetivos que adornan y enriquecen su valor. Atentar contra ella lleva a una sociedad no solo herida, sino rota.

Una de las bases principales para asegurar la dignidad humana es la educación. Más allá de impartir conocimientos, la educación forma ciudadanos que son conscientes de sus derechos y responsabilidades. Una educación que sea inclusiva y equitativa ayuda a las personas a reconocer su propio valor y el de los demás, promoviendo el respeto y la igualdad.

  • Hoy, la lucha por los derechos humanos está en deuda. Está viva, avanza y retrocede. Es un compromiso de cada uno defenderlos, más allá de cualquier circunstancia.

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