La lectura como escuela de empatía

En la columna anterior hablábamos de la lectura como conquista histórica. Recordábamos que, durante siglos, aprender a leer no fue una posibilidad garantizada, sino un privilegio disputado. Leer implicaba acceder al conocimiento, desarrollar pensamiento propio y ampliar el horizonte de la propia vida.

Pero quizás uno de los efectos más profundos de la lectura no tiene que ver únicamente con lo que sabemos, sino con nuestra capacidad de comprender al otro. Porque leer no sólo informa. Leer modifica la manera en que miramos el mundo.

Vivimos en una época paradójica, nunca habíamos estado tan conectados y al mismo tiempo, nunca había resultado tan fácil reducir al otro a una caricatura. La velocidad de las redes sociales, la lógica de la reacción inmediata y los algoritmos que premian la confrontación han ido estrechando nuestra capacidad de escucha. Muchas veces opinamos antes de comprender. Juzgamos antes de intentar entender. Y precisamente ahí la lectura adquiere un valor profundamente humano.

Keith Oatley, profesor emérito de Psicología Cognitiva en la Universidad de Toronto, ha dedicado décadas a estudiar una pregunta fascinante: por qué la lectura de ficción aumenta la empatía. Sus investigaciones muestran que los lectores habituales de narrativa desarrollan una mayor capacidad para identificar emociones, interpretar intenciones y comprender perspectivas distintas a la propia.

Un estudio publicado en Science en 2013 encontró que la ficción literaria fortalece significativamente la llamada “Teoría de la Mente”: Nuestra capacidad de comprender que otras personas poseen experiencias, pensamientos y emociones diferentes a las nuestras.

No es casualidad. Cuando leemos una novela, una biografía o un testimonio, habitamos temporalmente otra vida. Vemos el mundo desde una conciencia distinta. Entramos en dilemas, pérdidas, alegrías y contradicciones ajenas. Y algo extraordinario ocurre: el cerebro activa regiones similares a las que utilizaría si estuviéramos viviendo realmente esa experiencia.

Leer sobre el dolor, el miedo o la esperanza de otro deja una huella real en nosotros. Quizá por eso la buena literatura tiene una capacidad tan poderosa para humanizar. No porque nos obligue a cambiar de opinión, sino porque nos obliga a ampliar la mirada. Leer a alguien distinto no implica necesariamente pensar igual. Implica algo más difícil y más valioso: comprender antes de juzgar.

En tiempos donde la polarización convierte rápidamente al otro en enemigo, esta capacidad resulta profundamente necesaria. Porque la convivencia democrática no depende únicamente de compartir ideas, sino de conservar la capacidad de reconocer humanidad incluso en quien piensa distinto.

La lectura profunda ejercita precisamente eso: una forma de caridad intelectual. Maryanne Wolf lo explica con claridad en Lector, vuelve a casa: leer de manera profunda no sólo mejora habilidades cognitivas; entrena nuestra capacidad de reflexión crítica y compasiva. Nos enseña a detenernos, interpretar matices y resistir la simplificación inmediata. Y eso tiene consecuencias sociales importantes. 

Las investigaciones más recientes sobre lectura y actitudes sociales muestran que el contacto sostenido con narrativas complejas reduce la distancia emocional hacia personas distintas a nosotros. El mecanismo es sencillo y profundamente humano: cuando nos identificamos con un personaje cuya vida parece lejana a la nuestra, comenzamos a percibir esa experiencia como algo menos ajeno. 

La escritora Carmen María Machado advierte que cuando ciertas experiencias humanas no se escriben, no se documentan o no encuentran lenguaje, quienes las viven quedan también fuera del imaginario colectivo. Sin relatos, las personas tienen más dificultad para reconocerse, comprenderse y ser comprendidas. Toda cultura decide, consciente o inconscientemente, qué historias merecen ser recordadas. Y leer es también una forma de resistirse al empobrecimiento de esas historias.

Porque quien lee con profundidad desarrolla algo más que cultura general. Desarrolla sensibilidad humana. Aprende que las personas son más complejas que las etiquetas. Que detrás de cada vida hay contextos, heridas, aspiraciones y contradicciones que no caben en una consigna ni en una publicación de quince segundos.

Tal vez por eso las sociedades que dejan de leer empiezan también a perder capacidad de comprensión mutua.

Cuando desaparece la lectura profunda, el mundo corre el riesgo de dividirse entre caricaturas incapaces de escucharse. Entre opiniones rápidas que no alcanzan a comprender la complejidad de la experiencia humana.

Defender la lectura hoy no es solo defender un hábito cultural. Es defender una capacidad profundamente humana: la posibilidad de mirar al otro con mayor amplitud, con más matices y con más compasión. Porque leer bien no solo nos vuelve más informados. Puede volvernos tambiénmás empátocos, más humanos.