La lectura como conquista

Abramos el teléfono. ¿Cuántas aplicaciones hemos revisado en la última hora?

Vivimos en un ecosistema que compite, con precisión técnica, por nuestra atención. En México, pasamos en promedio 45 horas al mes en TikTok. Más que en cualquier otra plataforma. El 44% de los jóvenes se informa principalmente a través de redes sociales. Y más de la mitad de los usuarios prefiere contenidos de menos de un minuto. No es casualidad. Es diseño.

El cerebro aprende a saltar, a no detenerse, a resistirse a todo aquello que exige permanencia. La concentración se vuelve esfuerzo. La profundidad, incomodidad. En ese contexto, leer se vuelve contracultural.

Los datos lo confirman. En menos de una década, la población lectora en México cayó de 84.2% a 69.6 por ciento. Leemos, en promedio, 3.2 libros al año. Y, aunque muchos saben descifrar palabras, pocos logran comprenderlas a profundidad: sólo 1% de los jóvenes alcanza niveles complejos de lectura. Leemos menos. Entendemos menos. Y, en consecuencia, pensamos menos.

Pero reducir la lectura a un hábito en crisis es quedarse en la superficie. La lectura no es sólo una práctica que se pierde: es una conquista que se olvida. Durante siglos, leer no fue una posibilidad abierta. Fue un privilegio.

En la España y la Nueva España de los siglos XVI y XVII, el acceso al conocimiento estaba determinado por el origen, la posición social y, de manera muy particular, por el género. Para muchas mujeres, el único espacio donde era posible estudiar era el convento. No por encierro, sino por posibilidad. Ahí había libros. Ahí había tiempo. Ahí había silencio.

En ese contexto, figuras como Sor Juana Inés de la Cruz no sólo destacan, interpelan. No por romper con su tiempo, sino por habitarlo con una profundidad inusual. Lo que su vida muestra no es un conflicto entre fe y conocimiento, sino la posibilidad de integrarlos. Y, sobre todo, la determinación de no conformarse con menos de lo que la inteligencia puede alcanzar.

Ese patrón se repite a lo largo de la historia. Mujeres que primero tuvieron que abrirse paso para aprender, luego para investigar y, finalmente, para ser reconocidas. Trayectorias distintas, pero un mismo punto de partida: el acceso al conocimiento no estaba garantizado. Hoy, en muchos contextos, sigue sin estarlo.

De los más de 750 millones de personas analfabetas en el mundo, dos tercios son mujeres. Aproximadamente 500 millones de mujeres y niñas no saben leer ni escribir. En algunos países, las restricciones legales o culturales siguen limitando el acceso a la educación. 

Aicha Barki, promotora de alfabetización en Argelia, lo sintetiza con una imagen sencilla: “Aprender a leer es salir de las tinieblas”. Mirar ese contexto no busca generar culpa. Busca recuperar perspectiva. Porque cuando todo está disponible, es fácil olvidar su valor.

La lectura no sólo transmite información, sino que moldea la manera en que pensamos y más profundamente, a la manera en que nos comprendemos. La investigación muestra que la lectura —especialmente la literaria— amplía el lenguaje emocional. Nos da palabras para lo que sentimos. Y tener palabras no es un detalle menor, es lo que permite comprender, comunicar y, en muchos casos, ordenar la propia vida.

Quien no tiene lenguaje suficiente, tiene también menos herramientas para entenderse. Por eso, la lectura no es un lujo cultural. Es una condición de posibilidad para la vida interior.

En un entorno que fragmenta la atención, leer exige detenerse. Permanecer. Volver sobre una idea. Hacer silencio. No es sólo un acto intelectual; es una forma de resistencia. Leer implica aceptar que lo valioso toma tiempo.

Y en ese tiempo ocurre algo que no sucede en ningún otro formato: se forma el criterio. No el que repite, sino el que comprende. No el que reacciona, sino el que piensa. La lectura, en ese sentido, no sólo informa: configura.

Por eso, quizá la pregunta no sea por qué leer más, sino qué estamos dejando de construir cuando dejamos de leer. Porque cada generación recibe ciertas conquistas. Y decide, consciente o inconscientemente, si las cuida o las pierde.

La posibilidad de leer con libertad —de elegir qué leer, cuándo hacerlo, cómo hacerlo— es una de ellas. Y como toda conquista, puede darse por sentada o puede defenderse. Leer no es volver al pasado, es una forma de no perder lo esencial en medio del ruido.