El alimento del corazón: la lectura como refugio en tiempos convulsos

En los momentos de cansancio, rabia, decepción o fracaso, cuando ni siquiera la oración trae consuelo, un buen libro nos ayuda a sobrellevar la tormenta hasta que la serenidad regresa”. ¿Existe un alimento más deseado en tiempos de desasosiego?

Alimentar el corazón guarda una estrecha analogía con nutrir el cuerpo. Ambos requieren de una atención cuidadosa y de decisiones conscientes para lograr una vida sana, ya sea en el plano físico o emocional. Nutrir el cuerpo exige discernimiento, elecciones acertadas y sacrificios; lo mismo ocurre con el corazón, que necesita reflexionar, elegir y evitar aquello que lo daña. Ejercitar la inteligencia implica profundizar, ir más allá de lo superficial, y orientar nuestros esfuerzos con sabiduría. Cuando el verdadero valor de una persona radica en su inteligencia, su corazón y sus emociones, sus elecciones deben ser precisas, enfocadas en aquello que realmente las enriquece.

Entre los muchos alimentos para el corazón, uno de los más infalibles es la literatura. A lo largo de la historia, los libros han sido compañeros constantes de la humanidad. Incluso en medio de la vorágine tecnológica actual, que nos ofrece información inmediata y nos conecta con culturas lejanas, la literatura sigue siendo un refugio insustituible. Los libros, en cualquiera de sus formatos, nos permiten viajar, escuchar diversas voces, experimentar la tragedia y la alegría, y ver el mundo con nuevos ojos. Como bien expresa René Latourelle, “la literatura (…) surge de la persona en lo que ésta tiene de más irreductible, en su misterio (...). Es la vida, que toma conciencia de sí misma cuando alcanza la plenitud de la expresión, apelando a todos los recursos del lenguaje, y estos recursos del lenguaje son los que nos llevan a horizontes insospechados de pensamiento, imaginación, suspenso (…)”.

El papa Francisco, en una de sus cartas sobre el papel de la literatura en la formación, señala que “con frecuencia, entre el aburrimiento de las vacaciones, el calor y la soledad de los barrios desolados, encontrar un buen libro se convierte en un oasis que nos aleja de actividades que no nos hacen bien. Tampoco faltan los momentos de cansancio, de rabia, de decepción, de fracaso, y cuando ni siquiera en la oración conseguimos encontrar la quietud del alma, un buen libro, al menos, nos ayuda a ir sobrellevando la tormenta, hasta que consigamos tener un poco más de serenidad “. ¿Existe un alimento más deseado en tiempos de desasosiego?

A veces, la lectura abre en nosotros espacios de reflexión que nos evitan caer en ideas obsesivas que nos acechan. Aunque la inteligencia artificial, las redes sociales y los teléfonos móviles han invadido nuestras vidas de manera omnipresente, la lectura sigue siendo relevante y esencial. En un mundo saturado de gadgets y aplicaciones, los libros y audiolibros, junto con las bibliotecas, continúan convocando a quienes buscan realizar los más fantásticos viajes y conocer a personajes entrañables. No sólo eso, quien cultiva el hábito de la lectura posee un mejor vocabulario, está más preparado para su trabajo y se convierte en un conversador ameno. Y, aunque esto pueda parecer pragmático, no lo es del todo, ya que la lectura también fomenta la serenidad ante la inmediatez, estimula la imaginación, calma el estrés y la ansiedad, y perfecciona la inteligencia y las emociones. Ampliamos nuestras perspectivas y nuestra humanidad, preparándonos para enfrentar las diversas situaciones que la vida nos presenta. A través de los libros, empatizamos con los personajes, compartimos sus preocupaciones, y aprendemos de sus miedos y triunfos, obteniendo lecciones valiosas que aplicamos en nuestra propia vida.

Jorge Luis Borges solía decir en sus clases que lo más importante es leer, sumergirse en el texto vivo, más que preocuparse por las ideas o los comentarios críticos. “Si no se ha entendido completamente, no importa”, decía, “lo esencial es haber escuchado la voz de otro, y no hay nada más peligroso que dejar de escuchar esa voz que nos interpela”.

Leer un texto literario nos pone en la extraordinaria posición de ver el mundo a través de otros ojos, aumentando nuestra capacidad de identificarnos con diferentes puntos de vista y sentimientos. Quien lee nunca se sentirá solo, pues descubre los sentimientos universales y reordena los propios.

No dejemos de lado este valioso alimento intelectual y afectivo, que enriquece y engrandece nuestra humanidad.

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