¿Dónde fijamos la mirada y el corazón un 24 de diciembre?
Las familias nos reunimos alrededor de la mesa, el sitio donde se fraguan las más cálidas conversaciones, ese sitio que tuvo varios lugares vacíos los años pasados y quizá tenga alguno esta Noche, así con mayúscula, esta Noche en que Dios se hace hombre y, más frágilque un hombre, un niño. Recordamos hoy su nacimiento. Como hace poco me escribieron, festejamos al Pequeño Gran Cumpleañero. La tradición de la Navidad y las muchasotras alrededor de la misma vienen de antaño.
Llegó el 24 de diciembre, día esperado, especialmente esperado, pues, tras dos años de pandemia, esta Navidad nos brinda mucho que reflexionar. Quienes hoy me leen, estarán algunos cocinando, otros de compras, otros descansando, pero cuanto es cierto para todos es que este año volvemos a estar juntos.
Las familias nos reunimos alrededor de la mesa, el sitio donde se fraguan las más cálidas conversaciones, ese sitio que tuvo varios lugares vacíos los años pasados y quizá tenga alguno esta Noche, así con mayúscula, esta Noche en que Dios se hace hombre y, más frágil que un hombre, un niño.
Recordamos hoy su nacimiento. Como hace poco me escribieron, festejamos al Pequeño Gran Cumpleañero. La tradición de la Navidad y las muchas otras alrededor de la misma vienen de antaño. Para muchos, es una bella y cariñosa historia que reúne a Jesús, María y José con la vaca, el burro y el buey en el portal de Belén. Lo hemos oído contar desde pequeños; para otros, por rezagos de la tradición cristiana, es un motivo de unidad familiar, un encuentro en el que el perdón, la buena voluntad y los buenos deseos parecen salir con toda su potencia.
Para quienes tenemos fe, aunado a lo anterior, recordamos el inicio de nuestra Salvación, del Dios que viene para que nosotros vayamos a Él, facilitándonos mirarlo como a un Niño, como nosotros, que nos quiere y nace para enseñarnos a vivir y morir por cada uno. Sólo escribirlo me parece que excede cualquier sueño. ¿Qué haríamos ante alguien que nos salva la vida de manera fortuita en algún sitio?, estaríamos siempre agradecidos. Así, esta noche agradecemos que hace veintiún siglos vino un Dios a acercarse a los hombres y amarnos. A amarnos, así como somos, poca cosa y frágiles, pero así como nos ama, como un tesoro que somos cada uno para Él.
Por otra parte, no menos importante, la Navidad nos ayuda a abrazar la solidaridad, y pensar en personas a quienes podamos dar calor y cobijo con alguna donación. Se trata de dar algo valioso o con valor, algo útil y en buenas condiciones que podamos poner al servicio de alguien más, alguien que tiene menos. Recordemos que, así como Jesús-Niño nació sin nada en un pesebre, podemos acudir al encuentro de esos rostros sin nombres que carecen de lo elemental.
Brinco ahora a un gran significado común de este 24: la esperanza. ¡Cómo la deseamos y cuán fácil la perdemos! Aprender a vivir con esperanza en un mundo que nos aplasta con noticias malas requiere una férrea voluntad para saber ver el colorido de las cosas, para no caer en el engañoso maniqueísmo de “todo negro” o “todo blanco”.
La riqueza de la vida es su colorido, sus diferentes notas que, como en una sinfonía, aporta tonos altos, graves, bajos, barítonos y, al final, una melodía. Esto quiero desearte hoy y siempre, que vayas logrando armonizar tu vida, entretejer tus aciertos, éxitos, todo lo bueno que tienes y levantarte pronto o detenerte en lo que no va bien. Somos de carne y hueso con deseos buenos y otros no tanto, pero si hacemos un buen bordado de nuestros sentimientos y pasiones, los nudos incluso embellecen la vida.
Hace unos días leí una carta de don Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, a quien deseo citar: “El nacimiento de Jesús nos recuerda que, incluso en mitad de la noche más fría, siempre hay una llama encendida.” Eso es. Esta Navidad podemos buscar esa llama encendida que está a la espera de que le prestemos atención. Feliz Navidad.
