¡Hey, familia!
Desde hace muchos años, cuando tuve la bendición de acceder por primera vez a la condición de padre, me quedó claro que el mayor dolor al que puede ser sometido el ser humano es que un hijo se le muera. La naturaleza está diseñada para que los hijos enterremos a los ...
Desde hace muchos años, cuando tuve la bendición de acceder por primera vez a la condición de padre, me quedó claro que el mayor dolor al que puede ser sometido el ser humano es que un hijo se le muera. La naturaleza está diseñada para que los hijos enterremos a los padres y a los abuelos y no al revés.
Luego fui aprendiendo: Peor que enterrar un hijo, es tener un hijo desaparecido, como miles de padres y madres mexicanos lo tienen, sin tener un cuerpo que velar o unos restos que enterrar. Sin tener siquiera la certeza de que en algún lugar desconocido tu hijo pudiera estar vivo.
Hoy he aprendido más: Peor que tener un cadáver en la sala, peor que no saber si el hijo vive o muere o dónde está, es el saber que mi hijo vive en tierra ajena, y sé dónde está, pero no puedo verlo ni acercarme a él; probablemente, sea dado en adopción a otros padres extraños y si algún día volvemos a encontrarnos, no tendrá puta idea de quién soy.
La primera de las tragedias expuestas es ocasionada, principalmente, por la naturaleza. La muerte, al fin y al cabo, no es más que una consecuencia de la vida que le da certeza. La desaparición forzada con destino incierto es consecuencia de decisiones políticas. El señor Donald Trump favorece una política migratoria que separa a los padres inmigrantes, sin papeles en su tierra, de sus hijos, quienes, por haber nacido en territorio de Estados Unidos, son ciudadanos de aquel país. Familias divididas por una línea imaginaria.
Estoy seguro de que en algún rinconcito de la papelería burocrática de Naciones Unidas queda en claro que la separación de miembros de una misma familia es una de las más graves violaciones a los derechos humanos universales. Aun si así lo fuera, el señor Trump ha demostrado una increíble capacidad para violar tratados internacionales, reglas bilaterales, acuerdos, convenios o convenciones internacionales.
De que no tiene madre, no tiene madre. Por aquello de las familias divididas.
PILÓN.- Desde el mero momento de los destapes, estuve convencido de que el mejor Presidente de la República sería José Antonio Meade, aunque fuera el peor candidato. En esta última etapa, el candidato del PRI, que no es priista, se empeña en probar lo segundo. No pudo escoger peor sitio, Tabasco; momento más inoportuno, el cierre de las campañas; ni personaje más emblemático, Carlos Romero Deschamps, para hacer elogio de su valía como líder sindical y baluarte en la defensa del empleo petrolero. Los asesores de Meade están descerebrados o han entrado en contubernio con sus adversarios para terminar de minar una campaña que llega al ocaso sin haber conocido el zenit. Si hay en este país un político más desacreditado que el encargado de administrar el sindicato petrolero, reto a cualquiera a que me lo señale. No era imprescindible que Meade se distanciara de las andanzas de este pillo; bastaba con dejarlo en la oscuridad de su sempiterno cargo sindical y permanentes alternancias en el legislativo, como lo sigue haciendo Andrés Manuel López Obrador, que en el campo del sindicalismo tiene la larga cola de Napoleón Gómez Urrutia para ser pisada. Como lo demostró Salinas en su venganza contra La Quina, en el mismo sindicato, todas las cosas tienen su tiempo. Meade se ha dado un tiro en el zapato que puede cobrarle caro.
