Mañana sí
Por cada deportado, una madre, esposa o hijos en México dejarán de recibir las remesas. El potencial de la delincuencia se multiplica cuando falta el dinero.
Mañana sí
puedes marcharte sin pensar en mí.
Roberto Livi y Rafael Ferro, Mañana sí.
No es preciso perder horas en las cada vez más frecuentes mesas de análisis político en la radio o la televisión, con los mismos comensales en casi todas; no se necesita leer las columnas de los periódicos. Es suficiente acudir a cualquier reunión de más de dos para que el tema inevitable de la amenaza mundial que representa Donald Trump se meta en la conversación. Generalmente con el temor cercano al pánico.
El tremendo caos que amenaza con invadir nuestro país con la deportación masiva de indocumentados mexicanos y de otros países, que ya hizo Barack Obama sin hacerla de tanta tos, predomina. Los mexicanos estamos seguros de que estos paisanos —que Trump asegura son la escoria humana que está echando a perder a Estados Unidos— regresarán a México a poner en práctica sus hábitos delictivos y su vocación de malosos. Pero hay otro factor: por cada uno de los deportados que vendrán, una madre, una abuela, una esposa o unos hijos en México dejarán de recibir las remesas, cualquiera que sea su monto, que recibían cada mes. El potencial de la delincuencia se multiplica cuando falta el dinero.
La revisión del Tratado de Libre Comercio será en perjuicio de los mexicanos, coinciden todos. Los gravámenes a nuestras exportaciones están ya obligando a las empresas que dan trabajo a los mexicanos cancelen o reconsideren sus planes de crecimiento en México. El fortalecimiento de los controles fronterizos para seleccionar bien a los que pueden pasar al otro lado está dañando ya al comercio de las ciudades fronterizas del sur de Texas, Arizona y California, que dependen en gran medida de los compradores nuestros.
Efectivamente, Trump es un dolor de cabeza para los mexicanos y el mundo. Más por el tono de sus declaraciones y mensajes que por la esencia de sus actos.
Lo que parecemos olvidar es que Donald Trump no está haciendo otra cosa que lo que hicieron todos sus antecesores. Gobernar su país tomando en consideración como primer compromiso y obligación el bien común de sus conciudadanos. Cada quién en su estilo y su lenguaje.
Los gobernantes mexicanos deberían imitar esa conducta. Trump sólo está haciendo lo que prometió en campaña. Los gobernantes mexicanos no están haciendo lo que dicen en sus discursos. Para comenzar, combatir la corrupción.
Al gobierno de México no parece correrle prisa por preparar una agresiva revisión del Tratado de Libre Comercio en beneficio de nosotros. Mientras que todos los expertos mexicanos —los que hace 24 años lo hicieron y los que en el curso de ese tiempo y hoy lo implementan— están vivos, son conocidos y están dispuestos. Pero no, como sus contrapartes norteamericanas no han sido nombradas ni ratificadas, no hay prisa. Lo mismo en todos los aspectos de la conflictiva relación. Hay un verbo que los mexicanos usamos poco en el habla cotidiana, pero que practicamos a cada momento: procrastinar. Echamos mano de aplazar o diferir, sus sinónimos. Lo importante es la esencia. ¿Cuál es la prisa? No hagas hoy lo que puedas dejar para mañana, es la divisa.
Luego nos asustamos.
PILÓN.- Si un día sin mexicanos tuvo una repercusión llamativa en Estados Unidos, un día sin futbol en México llevó al país al borde del suicidio. Los árbitros, cansados de que los jugadores de futbol, divas de un espectáculo que paga muy bien y cobra mucho, los traten a mentadas de madre que nadie escucha fuera de la cancha, reclamos ásperos y empujones aderazados de cabezasos. Sin meter la mano al fuego por el perfil ético de estos señores que antes se vestían de negro, es necesario reconocer que ellos juegan un papel importante en el espectáculo de masas que ofrecen. Su decisión de suspender su participación en la jornada diez de la liga el fin de semana por los castigos blanditos a los jugadores y el directivo que se atrevió a levantarles la voz o la mano, causó desazón a los negociantes del deporte.
Cada semana en los estadios mexicanos de futbol, con escasas excepciones, se dan episodios de violencia en las gradas y a veces en las canchas, protagonizados por fanáticos, sí, beodos e idiotizados o tal impulsados a lanzar botellas, mentar madres y a veces a romperlas. ¿Será la solución a este desmadre si los mexicanos decretamos un día sin público? Lo dudo.
