Humillación

La humillación como instrumento de tortura o como manifestación de una supremacía momentánea ha sido usada sempiternamente por las sociedades intolerantes. La usaron los nazis con todos los inferiores suyos. La usaron los aztecas con los circunstantes. La usa Donald Trump con los ajenos. Te humillo para que sepas que yo soy el que manda.

Yo no sabía del amor que se arrodilla balbuceando ruegos, manso de altiveces.

                Carlos Bahr, Humillación, tango de 1941.

En 1987, Bernardo Bertolucci realizó una memorable película, ganadora de nueve oscares y basada en el libro autobiográfico de Pu-Yi, que marcó varios mojones históricos. Fue la primera película sobre un tema esencialmente chino, que fue filmada usando como escenografía la Ciudad Prohibida de Pekín, no solamente con el consentimiento del gobierno de la República Popular China, sino con su participación como uno de los países coproductores de la cinta. Fue la primera película que transitó la ruta de Marco Polo en el entretenimiento.

Se trata de la película El último emperador, que narra el tránsito de un niño elevado al trono de supremo mandatario de la gran China, la condición de ciudadano común de la República Popular China, no sin antes pasar por preso político, criminal de guerra y jardinero.

Una de las escenas más notables de la cinta acontece en 1967, cuando por las calles de Pekín desfila un grupo de despreciables, vestidos de uniforme gris, con un cono de papel en la cabeza y llevando en el pecho y la espalda letreros infamantes de ser traidores al sistema, cómplices del capitalismo. Al lado, bailan y tocan el acordeón jóvenes que en su mano llevan el libro rojo de los pensamientos del presidente Mao, en cuya memoria se hizo entonces la revolución cultural. Entre los transeúntes de aquel desfile de la ignominia se encuentra el que fuera el primer carcelero del niño emperador, con quien finalmente desarrolla una relación afectiva.

La humillación como instrumento de tortura o como manifestación de una supremacía momentánea ha sido usada sempiternamente por las sociedades intolerantes. La usaron los nazis con todos los inferiores suyos. La usaron los aztecas con los circunstantes. La usa Donald Trump con los ajenos. Te humillo para que sepas que yo soy el que manda.

Me surgió la imagen a la memoria al ver a siete maestros chiapanecos —cuatro señores, dos mujeres— que fueron sometidos por una banda de patanes para tijeretearles el cabello y colgarles del pecho cartulinas con leyendas infamantes donde la palabra traición aparece. En ese momento me di cuenta de que la revolución cultural de China había llegado a México. Medio siglo más tarde.

Los pastores de esos borregos de la llamada CNTE dijeron primero que los rapadores de maestros responsables eran integrantes de organizaciones civiles que simpatizan con su movimiento y que ellos no pueden controlar. Luego se metieron en un berenjenal de declaraciones para acabar en la última más o menos congruente: el culpable de las agresiones es el gobierno porque no accede a cancelar la Reforma Educativa, según dijo Manuel Mendoza, capitoste de la Sección 7 de la CNTE en Chiapas, donde ocurrieron las rapadas de mención.

Nosotros no tenemos acceso a los callejones de la China imperial comunista ni a los vericuetos del pensamiento —suponiendo que existe— de los operadores de los que se dicen maestros disidentes. Lo que me da un enorme miedo es la imagen —en El último emperador— de los jóvenes circunstantes, acordeón al pecho y libro rojo en mano celebrando la humillación de los que por la calle van.

Si nuestros jóvenes aplauden que se rape a sus maestros, dejo de estar.

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