Amor de cabaret, que no es sincero

Reto a cualquier observador a que sintetice los planteamientos reales de alguno de los candidatos de las elecciones del domingo.

Amor de cabaret, que se compra con dinero.

Lo único grato de las campañas políticas en México es que terminan. A diferencia de las europeas y, mejor aún, las de Norteamérica, en las que se presentan programas abiertos de debate, conducidos por periodistas independientes de colmillo retorcido e ingenio agudo, las campañas mexicanas no son más que una secuencia machacona de inanes spots de radio y televisión.

Yo reto a cualquier observador cuidadoso –en los 13 estados que tendrán el domingo elecciones– a que me sintetice los planteamientos reales de alguno de los candidatos a la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México o de las 12 gubernaturas en disputa. Por excepción, recuerdo al actor Damián Alcázar, pero los aspirantes a gobernar su estado, así sea por dos años que de miserables, evidentemente, se convertirán en prósperos y generosos para los triunfadores, han dedicado sus talentos y el dinero que les regalamos por conducto de un Instituto Nacional Electoral acéfalo –lo que tiene no es cabeza– a salpicar de mierda a sus oponentes. Mayormente lo han hecho utilizando las modernas herramientas de la tecnología, las grabaciones subrepticias de conductas indecorosas, conseguidas de manera ilegal y difundidas por el más democrático de los medios que es el electrónico. Aunque muchos se esmeren en ponerle frenos.

Las predicciones abundan, se basan únicamente en la agenda personal del opinante, que se apoya en las cifras que las encuestas de preferencias electorales les proporcionan. Bien sabido es que la fórmula es harto sencilla: dime qué resultados quieres obtener y yo te hago la encuesta que necesitas. Aunque la primera encuesta seria de preferencias electorales la hicimos en 1988 y sus resultados nunca fueron publicados, la tendencia estaba marcada. El encargado de prepararle los estudios de opinión a Carlos Salinas de Gortari todavía anda en el negocio, con bastante éxito.

Sólo nos quedan las urnas y sus números protestados, recalibrados y finales. Votos que en México tienen un precio, en frijol con gorgojo o en estipendios de los partidos de oposición. Amor de cabaret, que no es sincero.

Por encima de la porquería de las denuncias anónimas y ruines –aunque tengan sustento documental– siento que este es el momento en que los mexicanos debemos hacer una reflexión seria en pos de una reforma –una más– al sistema electoral mexicano.

Hoy en día, el oficio de político pasó de ser uno de sacrificio y compadrazgos generosos a uno de becario del Estado. En Estados Unidos de todos tan admirados, los candidatos de manera abierta y pública convocan a lo que se llama un evento fundriser, si no me equivoco, levantador de fondos. Una cena, un coctel, cualquier cosa, en la que se cobra por piocha una suma de cientos o miles de dólares. Paralelamente, si Juan de las Pitas quiere donarle a su candidato favorito una cifra que tiene un tope establecido, lo puede hacer públicamente. Los periódicos y las estaciones de televisión expresan públicamente antes de las elecciones quiénes son sus candidatos preferidos. Y por qué.

Las pudibundeces de la doble moral mexicana dicen que eso no es correcto. Que los patrocinios públicamente expuestos de industriales y comerciantes, de medios y personalidades dejan al descubierto compromisos que el político, una vez electo, estará comprometido a cumplir. ¿Cuál es la diferencia con los patrocinios que industriales y comerciantes, medios y personalidades de la política dan a los candidatos güegüenches? Que aquí no se hace público. Los compromisos, las componendas, los amarres y los contratos, son iguales.

Urge eliminar la imbécil regla que obliga a pasar gratuitamente los estultos anuncios políticos, incluidos los del INE. El que quiera azul celeste, que se acueste. El estúpido principio, derivado del famoso impuesto del doce y medio por ciento a las televisoras, si se llevara al extremo de la oligofrenia, obligaría a este diario a proporcionar espacios gratuitos para las pendejadas de los candidatos y los partidos. ¡Dios nos libre!

Vamos poniéndonos las pilas. Busquemos, por la vía ciudadana, una nueva ley de procedimientos electorales y partidos políticos que tengan, por lo menos, dos dedos de frente.

Temas: