Todo el palpitar de una canción
Nuestras próximas legislaturas, tan autónomas ellas, verán igualado el número de mujeres en los escaños con el de los hombres.
…y con un niño entre tus brazos único fruto de tu amor.
Abandonada, 1950
No tengo la menor duda del asco rabioso que en todo ser humano provoca la historia de una niña sinaloense abusada sexualmente por sus compañeros de primaria. También me queda claro que esa aberrante conducta de los chamacos es solamente reflejo y consecuencia de nuestra cultura del machismo que esconde una virilidad incierta y que considera a la mujer un ente cuyo destino es el de sirvienta y prostituta. Además, sin paga en ambos oficios.
Madres solteras, novias vendidas, niñas raptadas, casadas infieles, abuelas violadas, adolescentes seducidas, mujeres golpeadas, todas ellas son habitantes de ese universo de sordidez en que vivimos en pleno siglo XXI. Si encima de todas esas condiciones de oprobio echamos la discriminación racial y social, que no es otra cosa que una variante de la discriminación económica, laboral, ilegal, el cuadro justifica el “ya basta” de Enrique Peña Nieto ayer al recordar —porque decir celebrar sería un mal chiste cruel— el día de lucha por eliminar la violencia contra la mujer.
De ahí a dedicar una de las dos habitaciones de la vivienda popular a la mujer y pintarla de color de rosa hay un mar de distancia. Un mar que no puede ser superado por la compasión caritativa, que parecería producto de un ancestral complejo de culpa, por “la angustiosa tensión que nos habita”, en palabras de Octavio Paz, al deambular por el laberinto de nuestra soledad. Ese sentimiento acumulado nos hace sentir mal por cada una de las mentadas de madre que expresamos o recibimos y nos obliga a la serenata y al ramo de flores del 10 de mayo.
Nuestras próximas legislaturas, tan autónomas ellas, verán igualado el número de mujeres en los escaños con el de los hombres, como si en automático se lograra la igualdad. Ha sido simplemente una sugerencia del Presidente, pero en este país y en estos tiempos, ese mensaje adquiere tonos mandatorios. Shimon Peres, en la entrevista que publicó ayer Pascal Beltrán del Río en el diario Excélsior, recuerda que hasta hace poco, democracia quería decir tener los mismos derechos. Ahora, añade, hay un concepto adicional: el derecho igualitario a ser diferentes. Mi larga vida sensorial me ha enseñado precisamente que las mujeres son particular y bellamente diferentes y, por tanto, merecen un distinto trato, ni el mejor del privilegio lisonjero, ni el peor del violento sometimiento. Simplemente distinto.
Persistentemente he sostenido que al ser humano debe juzgársele por lo que tiene en medio de las dos orejas y no por lo que se encuentra entre sus piernas. Los gobiernos deben ser integrados por los mejores seres de la sociedad, independientemente de sus preferencias, usos o hábitos sexuales. El maltrato a las mujeres, en todos los órdenes, debe solucionarse con justicia. Justicia persecutoria, en primerísimo lugar, hacia sus agresores violentos. Justicia social en los casos en que la letra y la práctica de nuestras leyes arrincona a las embarazadas, a las que lo estuvieron, a las que no quieren estarlo, a las que buscan esa divina gracia, a condiciones de rechazo y aislamiento.
Ni compasión ni privilegios nacidos de complejos. Simplemente justicia.
