Corazón, tú dirás lo que hacemos
La izquierda moderna mexicana no da el ancho en el caso de la ocupación de la capital del país y el hastío de sus habitantes.
Cierto, el Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México es el más barato del mundo de las grandes urbes. Un viaje en Montreal cuesta dos dólares canadienses con 25 céntimos; en Boston, dos dólares estadunidenses y en San Juan Puerto Rico 75 centavos de dólar. En Barcelona un viaje cuesta un euro con 40, alrededor de 20 pesos. Solamente en Pekín el pasaje se acerca al precio del de la capital mexicana: son dos yuanes, que equivalen a cuatro pesos y cuarto. Es obvio que tanto la República Popular China como los Estados Unidos Mexicanos los gobiernos municipales aportan la mayor parte del costo de cada viaje, porque una de las obligaciones primordiales de los gobiernos citadinos es proporcionar transporte público de calidad accesible a las clases populares principalmente.
Un viaje del metro capitalino tiene un costo superior a los diez pesos: se acerca a un dólar. Los tres pesos que hoy pagamos cubren apenas la cuarta parte de ese costo. En el resto de la República, donde el camión concesionado o el transporte público operado por la autoridad es mucho más caro, contribuyendo así al desprecio que sienten los tapatíos y los regiomontanos por los habitantes de la capital: mientras ellos tienen que pagar tres camiones de ida y tres de vuelta a sus trabajos y escuelas con un costo total diario superior a los 30 pesos por cráneo —medio salario mínimo— los capitalinos pagan tres pesos por viajar en metro cuantas veces quieran por doce líneas.
Todo eso abona en favor de un aumento en las tarifas; permitiría una recuperación parcial que hiciera posible mejorar el servicio, renovar los carros, extender las líneas. Eso cualquiera lo entiende, aunque el bolsillo, rejego, se resienta.
Lo que los mexicanos no compran con el dedo en la boca es el anuncio de que el aumento a cinco pesos del boleto del metro será sometido a un escrutinio de la voluntad popular: escrutinio que la autoridad de Miguel Ángel Mancera ya anticipa que en 50% está ganado. De la misma manera en que durante el Buen Fin don Miguel Ángel se apuntó a la consulta pública sobre la reforma energética, una muestra, dijo el gobernador del Distrito Federal, de la conducta de una izquierda moderna.
Tal vez.
¿Podría el señor Mancera dar muestra de un gobierno de izquierda moderna sometiendo a consulta pública lo que se debe hacer con los maestros que ocupan el Monumento a la Revolución, el Zócalo, el Paseo de la Reforma, o las vialidades que les da la gana cuando les place? ¿Tomaría como una consigna obligatoria lo que los ciudadanos de la capital de la República decidieran? ¿Lo harían en automático un deber para los legisladores de la Asamblea Legislativa del DF como Jesús Zambrano dijo que la consulta sobre los energéticos será mandatorio para los legisladores de PRD?
La línea divisoria entre el gobierno de la inteligencia y el barullo de las medidas populistas, disfrazadas de ejercicio democrático, es muy tenue. Se requiere de una solidez política y ética muy grande. La izquierda moderna mexicana no da el ancho en el caso de la ocupación de la capital del país y el hastío de sus habitantes.
