Cancionero
Aprieta el paso, que nos vamos a mojar
El huracán Haiyan, así como el tsunami de 2011 en Japón, puede estar inscrito en la barra de nuevas realidades geológicas y meteorológicas.
Félix Cortés Camarillo
No es novedad que las catástrofes nacionales en México suelan poner al descubierto, por encima —más bien por debajo— de la fuerza de los elementos, la debilidad de las estructuras éticas de la nación. Basta con escarbar un poquito en las ruinas de nuestros temblores para que queden al descubierto la corrupción de los que expiden permisos de uso de suelo, y los robos en la sisa de materiales de construcción por parte de los desarrolladores. Por más reciente, la experiencia de las torrenciales lluvias de este año en la zona del Pacífico, de Guerrero a Sinaloa, es el mejor ejemplo. Más allá del drama de una Tixtla inundada por semanas está el cinismo de los que hicieron viviendas caras y baratas en el cauce de un río que tarde o temprano iba a comportarse como los ríos se comportan: como les da la gana.
El presidente Benigno Aquino III, que así se llama seguramente para dejar claro el carácter dinástico del poder en Filipinas, ubica las muertes por el tifón Haiyan, que se llama por allá Yolanda, en menos de tres mil personas. Hablar de diez mil, como difundieron algunas agencias, es una exageración, dijo el hijo de Corazón Aquino, que también fue presidenta. Sea cual fuere el verdadero saldo, nunca se sabrá con certeza cómo los mexicanos nunca supimos con exactitud el número de víctimas fatales de los sismos de 1985 o de la noche de Tlatelolco. Los pueblos pobres son muy discretos en el recuento de sus tragedias.
Lo que el señor Aquino no sabe y el mundo entero se empeña en no saber, es que el huracán Haiyan, así como el tsunami de 2011 en Japón, puede estar inscrito en la barra de nuevas realidades geológicas y meteorológicas a cuyas causas el ser humano y sus estados no son ajenos. Los vientos del tifón Yolanda estaban girando a gran velocidad, al doble de la altitud en que se mueven esos fenómenos, documentando la posibilidad de que el olvidado sobrecalentamiento del planeta está motivando esas tragedias.
La ciencia, que al final de cuentas está al servicio de las entidades políticas, gubernamentales, que pagan sus trabajos, ha mantenido un bajo perfil en la difusión de los hallazgos que se suceden con mayor frecuencia. El Ártico se está derritiendo, los mares están subiendo de nivel, la temperatura del globo se está incrementando y lenta pero inexorablemente estamos destruyendo nuestro planeta. El comportamiento de la ciencia se explica: los principales causantes del sobrecalentamiento de la Tierra son los gases expelidos por los países que, precisamente, pagan la ciencia.
Es un círculo vicioso que apuesta a la ignorancia de la raza humana y a su indolencia: el apocalipsis se antoja, y así se presenta, como una realidad lejana en la que no vale la pena pensar. Así nos irá.
O, peor aún, les irá a nuestros herederos.
Pilón.- No tengo la menor duda de que el Consejo de Derechos Humanos, un organismo intergubernamental de Naciones Unidas, sirve para lo mismo que las comisiones defensoras de derechos humanos en nuestro país: para nada. México, que ha sido objeto de críticas y condenas en ese organismo por violar los derechos humanos, acaba de ser electo para integrar el Consejo, de 47 miembros. Entre sus “pares” para la singular y vaga tarea de cuidar nuestros humanos derechos, los representantes mexicanos se van a codear y acompañar de distinguidas democracias defensoras de derechos humanos como China, Namibia, Rusia, Saudi Arabia, Vietnam... y Cuba. No comments.
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