Sabia virtud de conocer el tiempo

Humor is tragedy plus time Mark Twain El origen del soneto del tiempo es bien conocido, y está en el reto que un joven tabasqueño gordo le hizo a Renato Leduc cuando eran condiscípulos en las clases aburridas de Julio Torri: le ganó un peso ...

        Humor is tragedy plus time

        Mark Twain

El origen del soneto del tiempo es bien conocido, y está en el reto que un joven tabasqueño gordo le hizo a Renato Leduc cuando eran condiscípulos en las clases aburridas de Julio Torri: le ganó un peso por no poder completar en tres minutos una cuarteta que rimase con “hay que darle tiempo al tiempo”. Renato aprendió entonces que tiempo no tiene consonancia. Así y todo, no sólo hizo una cuarteta con la palabreja sino un soneto que hasta mis nietos cantan. Saber qué hacer, y cuándo. Decía Abraham Lincoln: se puede engañar a todos alguna vez o engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar siempre a todos.

Timing es lo mismo, pero es concepto que a México nos trajeron los tecnócratas que vinieron a arruinarnos gobernándonos desde finales del siglo pasado. Acabamos de pasar la mitad del plazo perentorio de 120 días establecido por el presidente Enrique Peña Nieto para transformar el país. Dijo, en su Primer Informe de Gobierno: “Tenemos 120 días para que 2013 sea recordado como un año de grandes transformaciones”.

A estas alturas, la administración está forjándose un recuerdo ingrato: el del mal timing. Opiniones informadas coinciden en que no es prudente abrir de manera simultánea cinco frentes de batalla distintos: energético, político, fiscal, educacional y de telecomunicaciones; otras recuerdan que no debe comprarse un pleito en el que no se tenga la certeza de ganar. Para remachar, hay quienes están ciertos de que si durante los primeros minutos de su presentación el mago agota todos los trucos que trae en la chistera, ¿con qué llegará al clímax?

Pero estábamos en el tema de la oportunidad, o timing. ¿Era realmente el momento oportuno para anunciar la condonación de 70% de una deuda de Cuba con el Banco Mexicano de Comercio Exterior de alrededor de 500 millones de dólares? ¿Precisamente ahora, cuando la sociedad que sigue las noticias está dolida y se sienta agredida por el Estado en forma de las tasas impositivas?

El argumento del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, es contundente en su pragmatismo: se trata de pavimentar el sendero para un mejoramiento de las relaciones con la isla y su gobierno. Además, es evidente que esa deuda era incobrable: insistir en su pago sólo vendría a agregarle amargura a unas relaciones que otrora fueron de culturas comunes, pueblos solidarios y gobiernos afines. Pero la gente se pregunta, si Hacienda se desistirá de cobrar aquello que los deudores no puedan cubrir por insolvencia o economía mal manejada, ¿puede el causante mexicano declararse en imposibilidad de pago y aspirar al generoso tratamiento que el gobierno cubano ha recibido? Candil de la calle, decía mi abuela.

Insistir en el cobro de una deuda que los cubanos no pueden pagar, hubiera sido una actitud farisaica, de mercader cuentachiles, indigna de la tradición de las relaciones entre México y Cuba, antes, durante y después de la Revolución Cubana, esto es ahora. Pero condonar la deuda así como así, sin nada a cambio, sólo para aprovechar la visita del canciller cubano y presumirlo como un logro de alta política no parece sensato.

Será cuestión de timing.

Pilón. Finalmente le valió Wilson a la jefe delegacional en Magdalena Contreras, Leticia Quezada Contreras, el activo descontento de vecinos y peritos: los desarrolladores de la magna obra de comercio, vivienda y oficinas por la subida de la ya hoy congestionada Avenida San Jerónimo, antes de la calle de Presa, se pasaron por el arco del triunfo los sellos de clausura que tan poco tiempo duraron. Albañiles y obreros retomaron los trabajos, con la complicidad obvia de la delegada, y para regocijo de los vecinos de San Jerónimo Lídice y el otro.

¡Alabado!

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