Adiós movilidad, adiós

Miro para atrás y lo que veo es una palabra hoy enterrada: movilidad.

Del bisabuelo sabemos que llegó a finales del XIX, de un caserío llamado Vinaròs. Hoy es famoso por sus playas, y su comida. Pero Vicente Heroles, iletrado, salió de España por pobre, buscó nuevos horizontes. Lo acompañaba una mujer de la cual casi nada sabemos. Su apellido: Lombera. Después de varios tumbos, terminaron en Tuxpan, Veracruz. Allí él, apresurado por el hambre, decidió que podría ofrecer un servicio de barcaza para desembarcar regularmente los productos que llegaban de Europa, y que en muchas ocasiones se quedaban en los navíos porque Tuxpan, otro villorrio en ese entonces, carecía de muelle. Todos perdían. Regularidad, fue su oferta: la mercancía sería llevada a tierra a pesar del mal tiempo y de los riesgos. La correspondencia saldría de Tuxpan. Tuvo éxito en su apuesta y terminó su vida legando a sus tres hijas un pequeño patrimonio. Siempre firmó con una X.

A él siguió otro inmigrante español, Jesús Reyes, también iletrado o casi. Él llegó en plena Revolución, y se dedicó al comercio. Fue distribuidor de la Cervecería Modelo, se casó con Juana Heroles y enterró la miseria de la que también había huido. De ellos nació mi padre, al que en sus primeros años de vida le decían el Espantamuertos por la cantidad de hermanos previos que se habían perdido. Lo curaban de reumatismo encerrándolo en una jaula con abejas para que lo picaran. Nunca se quejó de ello. Ese niño, Jesús Reyes Heroles, en cuyo hogar no había un libro, nacido en 1921, salió de Tuxpan a buscar la secundaria. Se fue a Tampico, donde encontró ese espacio. Buen estudiante, lector obsesivo, tuvo que migrar otra vez a San Luis Potosí en busca de la preparatoria. Allí, de nuevo, viviría en una casa de huéspedes que, si no mal recuerdo, era de la familia Calvillo o Nava. Dos años después, a la capital.

Ingresa a la Facultad de Derecho viviendo en un sitio de horror y desayunando en el barrio chino. Allí conoce a los que serían sus amigos de por vida: Jorge Castañeda Álvarez de la Rosa, Alfonso Noriega, el Chato, Antonio Martínez Báez, distinguidísimo profesor de la facultad y muchos otros, Santiago Oñate, por ejemplo. Empecinado en avanzar consigue una beca en Buenos Aires y se lanza a estudiar su posgrado. Le dieron el adiós como si se fuera a un viaje intergaláctico, con pocas esperanzas de regresar. Cruzó los Andes con tubo de oxígeno. Del lado de mi pareja de vida, lo mismo. Un especialista en la industria de la lana, “estambre”, que fue muy exitoso. Fortuna familiar, ninguna. El otro un oficial farmacéutico que encontró trabajo de por vida en su primera incursión en la Ciudad de México. Dicen que abrió la ventana de su hotel en el centro en pleno diciembre y dijo, sí así es el invierno aquí, de aquí soy.

Del lado de mi madre lo mismo. Federico González Garza logra su título de abogado trabajando como telegrafista. Muy cercano a Madero, de hecho muchos de los documentos básicos los redactó él, tuvo que salir del país con el golpe. Estudió derecho anglosajón, mi abuela lavó ajeno. Él se acreditó ante la Barra de Nueva York y litigó en Estados Unidos. Nunca perdió la maña: “Decir señora espérola pórtico Cine Chapultepec a las 5 p.m.”, y colgaba para desesperación de mi madre, que estaba del otro lado de la bocina.

Ella lograría su licenciatura en Relaciones Internacionales en la Universidad Femenina. Fue la primera alumna y llegaría a ser vicecónsul en Nueva York. Miro para atrás y lo que veo es una palabra hoy enterrada: movilidad. Esa fantástica posibilidad de lograr, no sólo más ingresos, sino la forma de vida que desea una persona.

En el pasado la hubo. Esa posibilidad de ampliar el espectro vital a través de educación y crecimiento económico. Por séptimo año el PIB será inferior a lo que México puede y necesita. “Mitad de los mexicanos que nace pobre, morirá pobre…”, CEEY. Deserción, altísima. Sólo 28 de cada 100 que ingresa a primaria llegará a la educación superior.

Adiós movilidad, adiós.

Otro México.

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