Derecho internacional en agonía
Estamos ante una gobernabilidad sustentada en la fuerza brutal, con la comisión de crímenes que vulneran la libertad y la vida.
Las sacralizaciones del derecho internacional facilitan el flagrante destrozo de los más elementales derechos humanos. / Alvaro Martínez-Echevarría y Garcia de Dueñas, presidente del Capítulo España de la Academia Mexicana de Derecho Internacional.
La opinión del catedrático Martínez-Echevarría nos parece más que precisa y oportuna en momentos en que el mundo atraviesa por puntos de altos riesgos geopolíticos, claramente identificados, lo anterior debido al uso de la razón de la fuerza, que sólo violenta toda norma de derecho interno y externo:
“Elevar el derecho internacional a un estatus casi sagrado o absoluto, paradójicamente facilita la violación obvia y descarada de los derechos humanos más fundamentales”.
El destrozo que este enfoque sagrado nos conduce a sordera, ceguera y pasividad ante violaciones reales, de la mano de la degradación democrática y, lo más grave, a la normalización del conflicto y la violencia.
Estamos ante una gobernabilidad sustentada en la fuerza brutal, con la comisión de crímenes que vulneran la libertad y la vida; las guerras de Oriente Medio que parecen perpetuarse, polarización ideológica en Hispanoamérica, crisis económicas que se viven en estos momentos en tiranías y teocracias. Actos bélicos en Ucrania, la Franja de Gaza, y los recientes en Venezuela e Irán, han generado opiniones diversas en la comunidad mundial; gobiernos, grupos sociales e internacionalistas que se pierden en la diatriba, en la contradicción y en el antagonismo estéril, o simplemente en un silencio indiferente ante estas atrocidades.
La soberanía de un Estado puede también modificarse, determinarse en cierto sentido a virtud de convenciones y tratados sin que se pueda decir con razón, en estos casos, que se haya perdido completamente. Vatell señala que para que una nación se considere soberana, estará sometida al derecho de gentes jus gentium y es preciso que sea realmente independiente, es decir “que se gobierne a sí misma por su propia autoridad y por sus leyes”.
La soberanía, no tan sólo tiene una importancia histórica y jurídica, sino que representa un concepto dinámico y definitorio en la forma de ejercer el poder, ya que en un sentido amplio, el concepto jurídico político de soberanía, se refiere al poder de mando de una sociedad, un poder exclusivo, es una racionalización jurídica del poder. Por lo tanto, el concepto de soberanía aparece como la piedra angular y fundamento en la estructura y organización del Estado.
El concepto de soberanía debe, sin rechazar su esencia y razón histórica, redefinirse, adecuándolo a las nuevas reglas de convivencia entre los países, así como haciéndola valedera para regular las relaciones de los pueblos, por lo que respecta a su propia vida interna, por lo que permanecer en un concepto tradicional e inamovible de soberanía, es renunciar a la tarea de crear conceptos e instituciones jurídicas modernas de aplicación multilateral. La realidad es hoy que los países y los individuos han superado las barreras geográficas e ideológicas para crear una cultura universal, la prueba más clara de ello es la Unión Europea, tendencia que han seguido algunas otras regiones del mundo, como Norteamérica, desde luego con sus divergencias naturales.
El conjunto de normas que conforma el derecho internacional y su coercibilidad han sido trastocados y desvirtuados; sumado al hecho de que los organismos internacionales están cada vez más debilitados, agobiados por el abandono económico de sus miembros, la ignorancia de los poderosos líderes y la ineficacia de sus gestiones diplomáticas; se ha creado un vacío que se llena con la razón de la fuerza imponiéndose sobre regímenes autocráticos o teocráticos, que argumentan “soberanía” para masacrar a sus pueblos, pero que abren la puerta a otros gobiernos para que impongan sus propias reglas, sin más límites que sus propias decisiones.
