¿Se puede ejercer la autoridad paterna a través de una pantalla de celular? ¿Se puede celebrar el Día del Padre cuando el objetivo diario no es recibir un abrazo, sino encontrar un resto óseo en un terreno baldío para darle sepultura?
Como país es válido sumergirnos en la euforia del Mundial y celebrar a las familias que se reúnen el tercer domingo de junio, pero no podemos pasar por alto dos realidades paralelas que fracturan el concepto tradicional de la familia mexicana: la de los hombres que buscan a sus hijos desaparecidos y la de aquellos que debieron migrar para garantizar la subsistencia. Para esos padres, el calendario no se mide en festejos. Se cuenta en días de ausencia, en saldo para el celular o en el número de fichas de búsqueda repartidas afuera de las instalaciones deportivas, en calles, plazas, avenidas y glorietas.
Gustavo Hernández es uno de ellos. No acudió al Centro de Alto Rendimiento de la Federación Mexicana de Futbol para conseguir un autógrafo, sino para entregar una carta a los jugadores de la Selección Mexicana. Su hijo, Abraham Zeidy, desapareció el 14 de mayo de 2024 en Escobedo, Nuevo León, mientras laboraba en un taxi de aplicación. Gustavo buscó utilizar la plataforma de visibilidad que ofrece el futbol para que el mundo sepa que en México las ausencias se acumulan. Su petición a las autoridades federales es frustrante: que le entreguen lo que sea, incluso un fragmento óseo, para terminar con la incertidumbre.
Él desearía estar en el estadio con su hijo, pero la realidad lo coloca junto a colectivos de buscadores que intentan sensibilizar a una sociedad que a menudo prefiere mirar hacia la cancha.
Análisis recientes —presentados en conversatorios sobre derechos humanos— revelan que los hombres que participan en tareas de búsqueda en campo enfrentan peligros de seguridad mayores que las mujeres, debido a las dinámicas de control territorial de los grupos delictivos.
En esa condición se encuentra José Luis Castillo. Su exigencia de justicia suma 16 años desde la desaparición de su hija Esmeralda en Ciudad Juárez. Su caso revela la omisión institucional que obliga a los padres a convertirse en peritos, investigadores y activistas permanentes.
Marco Antonio Ramos, de la CDMX, busca a su hija Heidi Naomi, de 14 años, quien desapareció en marzo pasado al salir de su escuela en la alcaldía Álvaro Obregón. Su habitación permanece intacta y su padre recorre las calles buscando grabaciones de seguridad particulares, ante la insuficiencia de las respuestas oficiales de la fiscalía local.
Por otro lado, la necesidad económica y la falta de empleos remunerados con dignidad configuran otra realidad: los padres por WhatsApp. Son hombres que reinventaron la dinámica familiar mediante la tecnología e intentan acortar miles de kilómetros con una conexión de datos. En Acuitzio del Canje, Michoacán, la familia de Javier conoce los costos de este esquema. Él trabaja bajo contratos temporales en campos agrícolas de Estados Unidos y las remesas construyeron el patrimonio familiar, pero no hay celebraciones presenciales. La estabilidad financiera de los hijos se paga con la ausencia del padre en las fechas significativas del desarrollo escolar y personal.
En León, Guanajuato, Gabriel mantiene el contacto diario con su hija Gaby mediante videollamadas. Él reside en Dallas desde hace una década, dedicado a la manufactura de calzado. La pantalla se convirtió en el único espacio para asesorarla en sus estudios universitarios y emitir los consejos cotidianos.
Guillermo Cruz, enfermero oaxaqueño que se trasladó a la CDMX, relata que los canales de mensajería instantánea funcionaron como contención familiar durante la crisis sanitaria de la pandemia. Mientras él permanecía en las áreas críticas del hospital, su esposa y sus hijos recibían sus mensajes desde Oaxaca, transformando la aplicación en un refugio digital.
Héctor, albañil veracruzano que trabaja en la construcción de un complejo turístico en la frontera norte para enviar el sustento de su hijo Germán, de 11 años, se comunica puntualmente cada viernes a las siete de la mañana.
Estas realidades se empeñan en demostrar el fracaso del Estado, que no garantiza la seguridad para evitar que las familias se desintegren por la violencia criminal ni provee las condiciones económicas básicas para evitar el éxodo laboral. El reto es dejar de normalizar el vacío y entender que la reconstrucción del tejido social requiere de respuestas institucionales y no sólo del sacrificio individual de los ciudadanos.
En esta edición de Excélsior, le presentamos las historias de las nuevas paternidades. Un trabajo periodístico revelador de Patricia Briseño, Lourdes López, Brenda Salas, Miguel García Tinoco y Andrés Guardiola.
