Floreros

En cualquier contexto de la vida, la palabra aliado significa compañero, amigo, afín, socio, cómplice, en el buen sentido… en cualquiera, excepto en la política. Ahí tienen el caso de Lucero Sánchez López, la diputada que llegó al Congreso de Sinaloa postulada por ...

En cualquier contexto de la vida, la palabra aliado significa compañero, amigo, afín, socio, cómplice, en el buen sentido… en cualquiera, excepto en la política. Ahí tienen el caso de Lucero Sánchez López, la diputada que llegó al Congreso de Sinaloa postulada por una abigarrada coalición que incluyó a Acción Nacional, al PRD, al PT y al local Partido Auténtico Sinaloense, y que hoy está en la mira de las autoridades por sus presuntos vínculos con el narcotraficante Joaquín El Chapo Guzmán.

Adscrita a la bancada del PAN (de la que fue separada), ha sido este partido el que ha pagado en su mayor parte el descrédito derivado de este vínculo. Ya el expresidente Felipe Calderón exigió a la dirigencia nacional blanquiazul que explique en qué estaban pensando cuando se les ocurrió postular a una persona con semejante antecedente.

Aunque la misma pregunta habría qué hacerla también al dirigente nacional del Partido de la Revolución Democrática, Agustín Basave, quien ha hecho de las alianzas el leit motiv de su mandato, al grado que llegó a poner sobre la mesa su renuncia porque una de las corrientes internas estaba saboteando sus negociaciones, precisamente, con el blanquiazul. “No sirvo para florero”, dijo en ese momento.

Desde luego, quienes sí están verdaderamente de adorno son los ciudadanos, ajenos a estos enjuagues palaciegos, donde la única moneda de cambio es la obtención del poder y en el que las personas comunes y corrientes sólo cuentan como sufragios cautivos a la hora de hacer cuentas de cuánto puede redituar una unión electoral.

No es tampoco para echar campanas a vuelo, porque los motivan las mismas ambiciones pero, al menos, hay que reconocer mayor eficacia política a los amarres internos en el PRI para consolidar candidaturas de unidad y que todos los contendientes jalen con el ganador. Tampoco es que la democracia resulte muy beneficiada pero, al menos, en la correlación de fuerzas, esta fórmula parece arrojar mejores resultados competitivos. Y, finalmente, la lucha política no se da entre querubines (prueba de ello fue el triunfo priista del pasado domingo en Colima, donde ninguno de los candidatos brillaba precisamente por sus magníficas cualidades).

Y es que, al menos lo que ilustra el caso de Lucero Sánchez, la victoria puede tener muchos padres, pero el desprestigio es huérfano. Aquellos partidos que en su momento alzaron la cabeza para la postulación de una candidata sin importarles su pasado priista o la total falta de congruencia entre sus plataformas ideológicas, ahora agachan la cabeza o prefieren mirar hacia otro lado cuando se les inquiere por qué un personaje así de cuestionado pudo sumar tantas y diferentes banderas en su favor. La joya de la corona termina convertida en papa caliente que todos arrojan hacia arriba o hacia los lados, pero que terminan reventándoles en la cara y quemándoles las manos.

En otro momento, la diferencia de ideas era un pequeño detalle que podía soslayarse si la noble causa lo ameritaba. En el siglo pasado, cuando el PRI era una maquinaria avasalladora e invencible, el único recurso que tenían las oposiciones era coaligarse para sumar fuerzas. Se justificaba la unidad frente al enemigo común, lo que implicaba poner las diferencias a un lado, por el momento, y armar un programa en torno a los puntos que los unían. Así pudo lograrse la alternancia en estados como Chiapas, Sinaloa, Oaxaca y Puebla, en algunos casos con experiencias interesantes y en otros, no tan afortunadas. Pero el caso de Lucero sólo es botón de muestra de un pragmatismo que deja en tabla rasa cualquier diferencia que pudo haber existido entre las oposiciones, en las que ya ni por rubor se discute el perfil o la historia del candidato. “¿Puede ganar?” es la única pregunta que se hacen las dirigencias locales y que las nacionales avalan sin un mínimo de investigación sobre a quién están respaldando con sus colores y siglas.

Así, no les extrañe que, una vez destapado el escándalo, ahora resulta que nadie la conocía, nadie la propuso, nadie la investigó y, por supuesto, nadie la respalda en la hora de su caída. Ni el mínimo de solidaridad o congruencia, siquiera con los electores a quienes convencieron de llevarla a la legislatura. Estas candidaturas de alianza se degradan a meros arietes que sirven para ganar curules. Y luego los partidos se quejan de que se arman campañas de descrédito, cuando no tienen el mínimo rigor para saber a quienes confían la obtención del voto. Parafraseando a Basave, las dirigencias nacionales parecen meros floreros colocados a la entrada de los partidos, donde se coloca la alfombra roja por la que desfilarán personajes que luego se volverán impresentables, a quienes ni siquiera tendrán la decencia de ver a los ojos. Si no lo hicieron cuando los postularon...

Parafraseando a la canción de Gianluca Grignani, aliados para qué, maldita sea.

                Twitter: @Fabiguarneros

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