Trump: recordando a Chamberlain

Esther Shabot

Esther Shabot

Editorial

Hay alivio en el entorno global por el anuncio de la finalización de la guerra entre EU e Irán. Los mandatarios del mundo celebran la firma del memorándum de entendimiento de 14 puntos, presuntamente garante de que las hostilidades cesarán y pronto el estrecho de Ormuz se reabrirá al pasaje de cientos de navíos portadores de su carga petrolera. Y es que los precios de los energéticos regresarán a su nivel previo a la guerra, con lo que se irá dejando atrás el sufrimiento económico generalizado de estos últimos meses. Donald Trump podrá quizá recuperar popularidad en su país con la idea de acumular aciertos suficientes en otros frentes a fin de que le vaya relativamente bien en las elecciones intermedias de noviembre. Al parecer, hay consenso de que aun cuando se trata de un arreglo sospechoso de no ser del todo conveniente debido a lo que conlleva, el soplo de relajamiento que aporta en estos momentos ha sido bienvenido por los liderazgos mundiales. 

Es inocultable que Irán ha salido ganador en este insólito arreglo. A cambio de despejar Ormuz está recibiendo lo que jamás soñó. Se reabren sus puertos y se le eliminan sanciones; podrá retomar sus exportaciones petroleras libremente; se le descongelarán billones de dólares retenidos por años debido a sus empeñosas trampas para hacerse de un arsenal nuclear bélico; cero restricciones a la producción de misiles balísticos y manga ancha para seguir alimentando a sus proxys Hezbolá y los hutíes de Yemen. En cuanto al tema nuclear, se establece que durante los próximos 60 días negociará con su contraparte para acordar cómo manejar el uranio enriquecido que conserva bajo tierra, pudiendo, como ha sido siempre, engañar y ganar tiempo una y otra vez mientras burla inspecciones de la AIEA y prosigue en su empeño. Si como lo expresó a principios de esta guerra su canciller Araghchi, ya estaban próximos a obtener 11 bombas nucleares, no es creíble que abandonen ahora esa meta tan cara al objetivo programático central de la República Islámica, a saber, exportar su proyecto islamista radical e instaurarlo en los cuatro puntos cardinales del orbe mediante el uso de la violencia y el terrorismo (para ese fin “noble”, cualquier medio es legítimo). Porque hay que recordar que el régimen actúa bajo una visión escatológica consistente en que la redención universal advendrá cuando el Mahdi o mesías chiita se haga presente en el mundo. 

Justamente es el aspecto ideológico el que ha sido ignorado en el acuerdo. Al no tomar en cuenta la peligrosidad de ese régimen asesino que en pocas semanas masacró a cerca de 40 mil de sus ciudadanos y trata a sus mujeres como objetos, se está tolerando a la maquinaria de la muerte. Todos los fanatismos, ya sean religiosos o seculares, recurren a “imprescindibles baños de sangre”, justificados por la presunta pureza de los objetivos buscados. Al eludir Trump en el acuerdo cualquier alusión a las obsesiones centrales del clero iraní y sus acólitos, se dejan abiertas las puertas para que a nombre de la “pureza de la causa” que los inspira, se brinquen todas las trancas, timen y mientan a fin de extender sus tentáculos.

Cuando en 1938 Neville Chamberlain ufanamente recibía los aplausos de una Europa que respiraba ante su jugada maestra de haberle regalado a Hitler los Sudetes checoslovacos (que obviamente no eran propiedad de él), el mundo celebró ese acuerdo que, se aseguraba, había conjurado el peligro de una gran guerra. Estos son sin duda otros tiempos y, sin embargo, la analogía puede ser válida. En atención a sus propios intereses Trump les ha cedido todo a los iraníes a cambio de una ansiada tranquilidad que le restituya al mandatario de Washington su estatura de “gran político”.

El problema de que éstos sean otros tiempos es que ahora la locura del fanatismo islamista tan arraigado en el régimen iraní, podría contar con una real arma de destrucción masiva a la cual usaría como palanca disuasiva para proseguir activo en su ambición de limpiar al mundo de “infieles y herejes” de toda laya: judíos, cristianos, musulmanes no alineados a la versión “correcta” del islam, y todo el resto de la humanidad no cobijada bajo sus alas. El acuerdo recién firmado es así como una aspirina que encubre una gravísima enfermedad a la que se minimiza y se le da la oportunidad de avanzar sin obstáculos. Trump ha quitado uno de los últimos candados que bloqueaban el empoderamiento de los demonios del fanatismo religioso del régimen iraní.