Cese al fuego en Gaza

Tras dos años sin poder elegir un presidente debido a las maniobras de Hezbolá, la semana pasada Líbano pudo hacerse al fin de un nuevo mandatario. Ello favorece indudablementela posibilidad de que pueda superar su condición de Estado fallido.

Después de más de 15 meses de que Hamás desatara una guerra contra Israel, parece haber llegado el esperado acuerdo para un cese al fuego temporal a partir del cual se liberarán 33 rehenes en manos de Hamás, a cambio de cerca de mil presos palestinos, hoy en cárceles israelíes. Al mismo tiempo, el ejército de Israel se deberá retirar paulatinamente de la Franja. El resto de las condiciones del acuerdo han sido más que comentadas en estos días por los medios de comunicación y, desde luego, está por verse cómo se desarrollará el proceso previsto. Nada asegura que sea terso y no aparezcan complicaciones capaces de descarrilarlo.

La administración del presidente Biden, con la mediación de Qatar y Egipto, ha sido pieza central para lograr el acuerdo, que contó para su jalón final con la inminencia de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Sus presiones a ambos bandos, ejercidas con su peculiar estilo bravucón y amenazante, acabaron por vencer las resistencias que aún prevalecían. Pero más allá del escenario específico de la guerra en Gaza, es ya evidente que como rebote de lo que se inició el 7 de octubre y sus secuelas, se han registrado en el vecindario cambios radicales que lo han modificado sustancialmente. El Cercano Oriente ya no es el mismo, ha experimentado un verdadero terremoto, cuyas consecuencias finales son por ahora impredecibles.

Un primer vistazo detecta que los grandes perdedores han sido, en primer lugar, Hamás, prácticamente desmantelado como ejército y gobierno de la Franja y convertido ahora en una especie de guerrilla que seguirá actuando, sin duda, pero con capacidades muy disminuidas. Le sigue el Hezbolá libanés, brazo armado y proxy de Irán en la zona, quien se sumó al conflicto desde el 8 de octubre de 2023. Provocó mediante sus ataques al norte de Israel que cerca de 80 mil de sus habitantes se vieran obligados a abandonar sus lugares de residencia, pero a partir de septiembre pasado empezó a sufrir de los sofisticados operativos militares y de inteligencia israelíes que incluso consiguieron la liquidación de su máximo líder, el jeque Nasrallah, y de varios de los integrantes de su círculo cercano. El ingreso del ejército del Estado judío a territorio libanés acabó por destruir gran parte de sus capacidades militares, cuestión que le obligó a aceptar un acuerdo de cese al fuego a fines del año pasado. Ni qué decir que el debilitamiento de dicha organización chiita repercutió en la política interna de Líbano: tras dos años sin poder elegir un presidente debido a las maniobras de Hezbolá, la semana pasada Líbano pudo hacerse al fin de un nuevo mandatario. Ello favorece indudablemente la posibilidad de que pueda superar su condición de Estado fallido.

El otro gran perdedor ha sido Irán, debido al relativo derrumbe de sus proxys Hamás y Hezbolá, además de que el régimen dictatorial sirio de Bashar al Assad, leal y muy útil al gobierno de Teherán, fue derrocado en el curso de unos cuantos días por fuerzas sunitas enemigas. Por añadidura, en el cruce de ataques mutuos entre Israel e Irán ocurridos en 2024, el resultado favoreció por mucho a Israel, que salió indemne ante lo que supuestamente iba a ser un golpe demoledor, mientras que, por el contrario, la embestida aérea israelí contra blancos iraníes consiguió apuntarse éxitos notables. Ciertamente quedan activos dentro de ese bloque: los hutíes de Yemen en su campaña de lanzamientos de cohetes y misiles, aunque es previsible que las nuevas circunstancias y la campaña internacional para contenerlos, lo consiga.

Es difícil evaluar cómo queda Israel después de esta larga odisea de un año y tres meses. Ha vivido la peor guerra de su historia, ha perdido muchas vidas y ha experimentado la más agresiva amenaza a su existencia como Estado, consiguiendo sobreponerse a siete frentes de guerra simultáneos. Sin embargo, los retos, los dilemas, están más presentes que nunca. ¿Qué será de Gaza en el futuro, cómo se reconstruirá y quién la gobernará? ¿Será posible que bajo el empuje de Trump se amplíen los Acuerdos Abraham para que Arabia Saudita e Israel normalicen relaciones y pueda neutralizarse así la añeja resistencia del mundo árabe-musulmán a la existencia del Estado judío? ¿Habrá voluntad y posibilidades de revivir negociaciones a fin de resolver la legítima demanda del pueblo palestino de contar con un Estado propio que le brinde independencia? Sin duda, el Oriente Medio se encuentra hoy en un punto de quiebre cuyo desenlace redefinirá la realidad regional hasta ahora conocida.

Temas: