El enemigo interno (II)
Se repiten los antagonismos políticos e ideológicos que tanto daño hicieron en el periodo más oscuro de nuestra historia.
Las marchas del domingo 12 de febrero fueron importantes, porque fueron una expresión más del repudio antiTrump que existe en el país. Si no alcanzaron la fuerza requerida es porque mostraron, y en ello también radicó su trascendencia, la prevalencia (más allá de los discursos) de divisiones y enconos internos que, como en el pasado, debilitan cualquier intento de unidad nacional y le hacen el juego a quien nos hostiliza desde el exterior y aterroriza a los connacionales.
Por ello, es importante destacar que el enemigo interno es el actor político, económico o social que, anteponiendo su interés personal o de grupo, se alía, colabora o le hace juego al atacante externo a través de múltiples vías como es desinformando, debilitando las instituciones (especialmente a las de seguridad y defensa), polarizando a la sociedad, desestabilizando… Claro, el enemigo interno nunca reconocerá que lo es, sino, por el contrario, siempre señalará que “el enemigo interno es su contendiente”, y así justificará su acción hostil contra el Estado y la sociedad de su país, aunque con ello favorezca al agresor foráneo.
Para los opositores y críticos al gobierno de Peña (o de la clase política en general), la “amenaza no es Trump”, sino el Presidente mexicano, quien es el “verdadero enemigo”, porque lo culpan de la corrupción, la inseguridad, la violencia, el precario crecimiento, los gasolinazos y, en general, de todos los males nacionales, incluyendo la “falta de firmeza” frente a Trump. Peña es responsable de que estemos “débiles y vulnerables” y, por ende, además de rechazar cualquier apoyo a aquél, debe intensificarse la lucha contra su gobierno (respaldando de facto a Trump), aprovechando la impopularidad presidencial, la crisis de credibilidad de las instituciones y, sobre todo, cuando hay elecciones en puerta y la sucesión presidencial adelantada.
Así, entre más desacreditado y debilitado se encuentre el gobierno de Peña, será más fácil ganar los comicios, sin importar que se beneficie a Trump (y al crimen organizado, acérrimo enemigo del Estado y la sociedad), pues, a final de cuentas, tendremos un “mesías” que sí lo “confrontará” y “nos salvará”.
En este sentido, las agresiones de Trump y la furia antiPeña o a la antipolítica generan una reactualización de las luchas intestinas del pasado. Se repiten los antagonismos políticos e ideológicos que tanto daño hicieron en el periodo más oscuro de nuestra historia, la anarquía, comprobando que, como sociedad, no hemos aprendido del drama que implicaron las guerras de intervención, la pérdida de más de la mitad del territorio, entre otras desgracias: 1) líderes y partidos caudillistas, con pretensiones mesiánicas y culto a la personalidad; 2) con ideologías nacional-populistas y prácticas políticas paternalistas-clientelistas; 3) promotores del resentimiento y la polarización social; 4) del debilitamiento y la desarticulación del poder del Estado (incluyendo la Marina y el Ejército); y 5) de cualquier intento de cohesión interna ante la agresión del exterior.
Si bien es mayor la aversión antigubernamental y antipolítica que el imperativo de la unidad frente al agresor externo, se deberán asumir las consecuencias de ello: ser avasallados por Trump; un posible retorno del caudillismo populista y el agravamiento de la polarización política y social, ya que al próximo Presidente le cobrarán las facturas por su mezquindad y ambición de poder, de cuando era furibundo antagonista y fungía como el enemigo interno…
ENTRETELONES
Morena se sigue llenando de políticos traidores que contribuyen a su descrédito.
Twitter: @evillarrealr
