La otra belleza
Las grotescas imágenes del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, son expresión de la crisis visual contemporánea. Más que noticia, la difusión profusa de su rostro solo, junto a otros políticos o en memes, refleja ausencia de higiene mental. ¿Cómo es posible ...
Las grotescas imágenes del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, son expresión de la crisis visual contemporánea. Más que noticia, la difusión profusa de su rostro solo, junto a otros políticos o en memes, refleja ausencia de higiene mental.
¿Cómo es posible que una expresión desbordada de corrupción, impunidad, saqueo, abuso de poder y crimen se haya convertido en ícono de la información? ¿Acaso no es posible seguir las noticias de dicho personaje sin tenerle que mirar la cara?
El filósofo Byung-Chul Ham ha señalado que, actualmente, la industria del entretenimiento explota lo feo y lo asqueroso. Tiene razón. No solo por el masivo consumo de imágenes de Javier Duarte, sino de otros seres igual de espeluznantes: el presidente venezolano Nicolás Maduro y el presidente estadunidense Donald Trump.
Estos tres ejemplos revelan cómo la comunicación, sobre todo digital, ha llegado a un nivel alarmantemente plano y liso. Por más que sus rostros se acompañen de citas y condenas, les falta un “cuerpo contrapuesto” que ofrezca salidas ante la deformación del buen gusto noticioso. No pido dejar de informar; digo que ya bastante daño generan los políticos gangrenados como para, todavía, saturarnos con sus horripilantes expresiones.
El anterior es solo un ejemplo de lo que Byung-Chul Ham considera comunicación pulimentada. Este ensayista también nos dice que Platón incluía la justicia entre lo más bello y que Aristóteles planteaba lo bellamente bueno en varias expresiones incluida la política misma. Visión que evidentemente ha quedado olvidada, abunda, pues hoy se vive una política sometida a los imperativos sistemáticos. Por eso -creo yo- es que la cobertura periodística de estos sujetos o su manejo en redes sociales solo generan desconfianza, ya que el sentido de justicia social ha sido incapaz de suplantar tales actores políticos por certezas jurídicas y nuevos protagonistas.
Esa es la realidad. Por aclamación u omisión estamos estetizando la cotidianidad con referentes desmesurados, mezclados en íconos carentes de belleza, pero cuyo referente liso y pulido quedó sometido al mercado. Lo vemos con mayor holgura en los perfiles individuales de las redes sociales; “el mundo digitalizado es un mundo que los hombres han sobrehilado con su propia retina”, alerta Ham.
En un singular ensayo que le permite reflexionar sobre estos conceptos, el filósofo coreano radicado en Alemania afirma que la belleza debe entenderse como narración, lo cual supone ritmo y sobre todo contrapesos. Narración que demanda la construcción de relaciones, de un juicio ético y moral. La erosión de la justicia, en este sentido, constituye la negación de la belleza convertida en producto de consumo.
De acuerdo a los cánones clásicos del término, la belleza requiere de ocultamiento. Ham incluso dice que se lleva mal con la trasparencia ya que al quedar develada se desencanta y destruye.
Son varios los abordajes expuestos por este autor para mostrar la diferencia entre la belleza natural y la artificial, comprendida también como belleza digital. Uno de esos factores lo constituye el tiempo, industrializado y vinculado a la especulación. En este entorno la belleza actual es un producto que se marchita con rapidez para ser sustituida por nuevos productos.
Además, la nueva belleza carece de seducción; lo más que genera es la sensación de gusto también eventual. Un “like” automático que se acumula con otros “me gusta” en muros despersonalizados del Facebook, la red social con mayor tráfico en México. Todo esto resulta sencillo porque la belleza digital ha llegado sin resistencias ni oposiciones que la eleven a reflexión, al menos a eso.
¿Puede ofrecerse un contraste al rostro horrible de Javier Duarte? ¿Hay algún semblante asociado a la justicia que pueda contrapuntearlo? Me temo que no. Divorciados de la belleza conceptual que devino en productos onerosos, pareceríamos condenados a memorizar y soñar esa expresión de cinismo que nosotros mismos hemos multiplicado por ocio o por contaminación digital.
Referencia
Han, Byung-Chul. La salvación de lo bello, traducción de Alberto Ciria. Ed. Herder, 2016, Barcelona.
@LuisManuelArell
