¿Dónde está Dios?

Es Semana Santa y el Papa Francisco se hizo a un lado para permitir que la ciencia enfrente la epidemia del SARSCoV2; por eso aceptó continuar con sus actividades pastorales sin presencia física de los creyentes. La bendición Urbi et Orbi del pasado 27 de marzo, en el ...

Es Semana Santa y el Papa Francisco se hizo a un lado para permitir que la ciencia enfrente la epidemia del SARS-CoV-2; por eso aceptó continuar con sus actividades pastorales sin presencia física de los creyentes.

La bendición Urbi et Orbi del pasado 27 de marzo, en el contexto de sus plegarias contra el avance del coronavirus, proyectó la desolación del atrio de la Basílica de San Pedro y de él mismo. Las imágenes en las que el pontífice se observa solo y los patios limpios de feligresía rebelan la importancia de replantear el concepto mismo de Dios, para darle otra dimensión.

Si, Dios es la pregunta. Convocarlo para enfrentar este reto mundial ofrece confort espiritual que no es poca cosa, pero en nada ayuda a detener la propagación del nuevo coronavirus, una partícula invisible como intangible resulta todo concepto divino. Los coronavirus miden entre 120 y 160 nanómetros (un nanómetro es la millonsésima parte de un milímetro) y es por eso que su silenciosa transmisión obligó a detener los actos masivos, incluidas las expresiones religiosas de la población. La Iglesia Católica pidió a sus millones de fieles no acudir a los templos y seguir los oficios religiosos por radio, televisión e internet. Un golpe duro por cuanto supone la separación física entre millones de fieles y los sacerdotes. Un reto para los creyentes que han debido comunicarse de manera directa con su fe, sin intermediarios.

¿Dónde está Dios en este momento de crisis mundial? Cada quien tiene la respuesta. Sin embargo y por eso mismo, es necesario reflexionar respecto de lo significarán de ahora los atrios y templos vacíos, asumiendo que en realidad Dios no habita dentro de esos palacios ni se refleja en esos símbolos.

Los poetas andaluces José Manuel Martín Portales y Abdelmumin Aya publicaron -en el 2010- una meditación filosófica donde plantean que Dios desaparece siempre que se le quiere abordar desde la razón conquistadora. “El poder de Dios radica en su capacidad de ausencia”, aseguran. Toda su omnipotencia, “se emplea en ausentarse del mundo y de la historia”, e incluso consideran que Dios mismo se encuentra “indefenso” ante el proyecto que ha iniciado.

Lo singular de este planteamiento es que la evolución de la especie humana está trazada por las herramientas de verificación del conocimiento que, a su vez, configuran el desarrollo de la inteligencia. Es como si la entidad identificada como Dios se hiciera a un lado ante la agenda que la ciencia define.

Distanciados de la teología tradicional -sea católica o musulmana- ambos escritores agregan que “Dios es el último reducto de lo real”. De hecho, advierten que no constituye ninguna filiación, forma ni imagen. Esta singular higiene del concepto también vincula la divinidad con el tiempo para situar su significado precisamente en esa dimensión de un transcurrir permanente, de una cotidianidad que se renueva; por eso afirman que Dios constituye “una identidad perpetuamente inacabada e innecesariamente inacabable”. De ahí su perplejidad.

La celebración de Semana Santa sin fieles ni creyentes, trasmitida por los medios electrónicos como única posibilidad de conectarlos con la pasión de Jesús sin desatender el reto que la pandemia plantea, revela el enorme anclaje en que la Biblia se ha convertido para permitir que la divinidad, representada por Yahvé, Jehová o Alá, evolucione no solo a la par de la civilización sino del conocimiento científico; particularmente de la medicina, la química, la física y la astronomía.

¿Qué hacer con la fe en una epidemia? Viene una enorme oportunidad para redimensionar el lugar del ente superior que la mayoría de humanidad asume como una realidad, pero envuelve en fundamentalismos. Para desarticular ese lazo, advierten Aya y Martín Portales, “es imprescindible eliminar el poder de Dios en el cielo”.

¿Se atreverán los católicos, los cristianos, los musulmanes y todos los que profesan una fe milenaria a desnudar la esencia teológica? ¿Dejarán a un lado los símbolos y su valor ortodoxo para poder comprender a Dios? ¿Se permitirán redimensionar sus creencias y valores a partir de una deidad vinculada a la ciencia y en general a la evolución de la inteligencia?

Francisco ha sido sensato en esta ocasión. Eso es muy importante. Ojalá se entienda, junto a los poetas ya citados, “que el poder de Dios radica únicamente en su capacidad de ausencia”.

Referencia

  • Aya, Abdelmumin/ Martín Portales, José Manuel. “El Dios de la Perplejidad”, Ed. Herder. 2010, Barcelona.

@LuisManuelArell

Temas: