Mi amigo Raúl

Yo crecí en los años 80, soy la mayor de cuatro hermanos, y por ser la primogénita me cuidaban mucho, recuerdo que sólo tuve la oportunidad de quedarme a dormir en casa de una de mis grandes amigas, Gabriela, una de mis personas favoritas durante parte de mi época ...

Yo crecí en los años 80, soy la mayor de cuatro  hermanos, y por ser la primogénita me cuidaban mucho, recuerdo que sólo tuve la oportunidad de quedarme a dormir en casa de una de mis grandes amigas, Gabriela, una de mis personas favoritas durante parte de mi época de la primaria.

Ella era hija de uno de los mejores amigos de mi papá, ésa era la razón por la cual sólo me podía quedar a hacer pijamadas en casa de Gabriela. Mi papá y Raúl, bohemios por naturaleza, se reunían todos los jueves en un bar, mi papá tocaba y cantaba, ése era su pasatiempo preferido y lo disfrutaba junto a sus amigos.

Raúl siempre optimista, simpático y querendón, y aunque nunca ni él ni mi papá se acostumbraron a jugar con nosotras, eran cercanos a su manera.

Un día cualquiera recibí la noticia de que Raúl y Gaby me habían invitado a cenar en jueves, yo no entendía nada de lo que pasaba, sólo recuerdo que mi mamá se encargó de arreglarme con uno de esos vistosos vestidos tipo español y en punto de las 8 pm llegaron por mí.

Gabriela y yo realmente no cuestionamos el episodio, estábamos felices de ir a cenar con Raúl. Durante el camino nos hacía reír y charlaba de cualquier cosa que arrancaba carcajadas.

Llegamos a aquel lugar, lo siguiente que recuerdo es a nosotras dos caminando hacia un lugar que parecía no recibir niños, oscuro y diferente. Al entrar, al fondo de ese bar estaba mi papá con una guitarra cantando, él no tenía ni idea de nuestra presencia y de pronto ambos nos descubrimos al cruzar las miradas, fue como si un chispazo de luz de repente iluminara todo el lugar.

La emoción que sentí la puedo replicar cada que ese recuerdo llega a mi mente. Nos sentaron frente a mi papá, quien se veía emocionado. Cantaba con mucha pasión y cantaba para mí. Fueron sólo unas pocas canciones, nos sirvieron un refresco a las dos y Raúl dijo: “Es la hora de irnos”. No recuerdo nada más, pero no es necesario, este episodio marcó mi corazón y lo hizo el amigo de mi papá.

Casi 30 años más tarde volví a encontrarme con Raúl, el amigo de mi papá, con mucha emoción nos sentamos a charlar. Yo quería conocer qué había detrás de algunos episodios que marcaron mi infancia y pensé que él podría darme alguna luz al respecto.

Charlamos alrededor de dos horas sin parar, mis cuestionamientos hacían reaccionar a Raúl, quien siempre se expresó maravilloso de mi padre. Sentí que había esperado mucho tiempo ese momento, recibí la información que necesitaba para perdonar y estar tranquila.

De este episodio surgió una gran reflexión. Todas las decisiones que mi papá tomó en mi infancia, y que finalmente me causaron sufrimiento y tristezas, fueron porque él siempre tuvo la certeza de querer buscar lo mejor para mí y nuestra familia.

Entre emociones encontradas, y las tristezas que se sanaban, me descubrí vulnerable y agradecida con Raúl, quien me hizo entender cuán grande era el amor de mi padre hacía mí. Ahora que soy madre, puedo entenderlo mucho más.

No existe escuela para esto de ser padres, todo lo que nos toca vivir, aunque lo dudemos, siempre es perfecto y necesario para que seamos quienes somos. Y con todo lo que deja la vida a su paso, nosotros podremos elegir qué es lo que queremos ser o seguir siendo.

Luigi, mi papá, es un poco reacio para expresar sus sentimientos y con el tiempo pareciera que su corazón fue adoptando una coraza que sus experiencias hicieron que se endureciera.

Él está a mi lado, y agradezco eso. Hoy Raúl, el amigo de mi papá y también mi amigo, se debate entre la vida y el más allá, sonriente, optimista y rodeado del cariño de los suyos, lucha por seguir con nosotros para compartir carcajadas, experiencias y cariños.

Hasta donde tu corazón se aferra para seguir viendo el sol, te mando un profundo gracias por hacerme ver el valor de un amigo.

Temas: